
Llegando de una larga caminata, me lancé sobre el computador para escribir las palabras que pasan juntas y desordenadas en mi cabeza. Los dedos se me enredan un poco, y el reloj adelantado de windows me dice que son las cuatro de la mañana. No le creo.
El tiempo vuela, y recién me doy cuenta que mi calendario está atrasado. Aún me siento como en noviembre, y todavía no entiendo bien cómo es eso de pasar a cuarto medio. Me asusto. Ver como todos meten los recuerdos en maletas para revisarlos tranquilamente en algún lugar seguro. Eso también lo hago yo; el recuento del año, el analizar cada pista musical de sólo un pedazo del soundtrack de mi vida.
Aquí hay polvo y telarañas, entre medio de cuadernos fuera de la órbita escolar y tapas rayadas con corazones y nombres que no se olvidan. Carpetas aquí y allá, con una gran cantidad de rojos en matemáticas y ensayos de PSU jamás terminados. Entre tanto documentos están mis poemas mentales que no sirven ni para trancar la puerta, pero que –en algún momento- me parecían hermosos. No es fácil para nadie recoger toda la infornografía derramada en los sitios por los que se caminó. Es algo así como un puzzle de mil piezas, de las que sólo encontramos cuarenta. ¿Dónde pongo ese ramito de palabras lindas? ¿Dónde están las cartas de (des)amor que estaban bajo la cama? ¿Dónde quedaron mis paños de lágrimas y las risas desconfiadas?
Di un giro (otro más), y abandoné a hartas personas y cosas. Sería feo decir “chao, año de mierda” o maldecir a quienes no siempre me entendieron; parecido a que te inviten a comer, y no des las gracias o no te insinúes a llevar la ensalada de tomate con lechuga. Uno va creciendo –creo yo y las enciclopedia gigantes de biología- y adquiriendo pequeñas herramienta que reforman a la esencia mutable. No retrocederé para recoger las plumas que boté por orden del tiempo, el mismo que luego me regala unas nuevas.
Aquí voy a esperar el nuevo año, contando los dólares que llevaré a mi gira de estudio e intentando hacer algo con mi pelo teñido azul, que se ve verde y que comienza a ponerse rubio. Estas fechas son tristes, pero sirven tanto para dejar atrás los rencores que se arrastraron durante el año. En vez de pagar un psicólogo o una sesión de yoga, espero hasta el último día del año. Este treintaiuno, tendré mi pendrive cargado con música bien bonita, para ver la función de fuegos artificiales que nunca les resulta allá en la playa con mis veinte canciones favoritas. Me voy a reír harto.-