Monday, January 30, 2017

Ascenso

Las escaleras alcanzan muy arriba el cielo
tocando los márgenes de esta bola de cristal
que mi corazón ansia romper antes del naufragio,
el naufragio inminente del mundo que conozco,
del mundo que limita con la nada
y que me aterra al plegarse sobre sí mismo.

La luz suena y sabe a futuro,
encandila y no permite ver lo cubierto,
lo escondido.

Tomo una pala y cabo en vertical
con la sonrisa torcida
mientras el día se quiebra otra vez
y alguien hace señas desde el otro lado.
Todo se cierra a lo lejos.

Apenas noto cuando estoy del otro lado.

Wednesday, January 18, 2017

Las películas malditas

Sí, yo soy Gaspar. ¿Una entrevista? ¿Y para qué sería? Para el programa de investigación de 7Mundo... Mmm, a Apolo gustaba ese canal, tan cultural y cosmopolita, no como las otras huevadas de farándula que repletan la programación, o sea, de verdad vergonzoso. ¿Te parece si caminamos a las banquitas que están más allá? Sí, es que aquí cerca de la entrada de la clínica es como medio desubicado, por no decir que es una falta de respeto total. Además a mí no me gusta llenarme la boca con la vida de otras personas, es más que suficiente con la mayoría de los pelotudos que vinieron a despedirlo; casi todos hablaron pestes de él y jamás dejaron de aprovecharse de su éxito. De todas formas, con Apolo somos tan amigos que no puedo no participar de esta investigación, porque se tiene que saber la verdad alguna vez. Además merece ser reconocido como un gran cineasta, como el mayor representante del cine underground en Chile, porque no cualquiera puede jactarse de haber tenido una carrera tan reconocida en el continente como la suya. ¿Quién iba a pensar que el gordito con problemas de autoestima que se travestía iba a llegar tan lejos con sus ideas innovadoras? A mí jamás se me pasó por la cabeza.

Espérate, que si van a filmarme necesito arreglarme un poco, a la próxima traen a un maquillador o un buen foquito por último. ¿Cuándo va a salir esto? OK, sí, es que es un tema complicado hacer un reportaje de su legado sin la autorización de su familia, y eso va a estar difícil, porque su mamá es una hiena, lo único que quiere es sacar plata de todo este asunto de su muerte, llenarse los bolsillos con la historia de su hijo como lo ha hecho siempre junto al Robinson, porque ambos adoran el dinero. Oye, lo que te acabo de decir es Off the record, no grabaste eso, ¿no cierto? Excelente… Es que no corresponde, después la gente anda viendo cosas donde no las hay y no es la idea. Tanto chisme que se ha hablado de mi Apo.

Si quieren yo puedo hablar y hablar sin parar, por eso prefiero que me guien. Aunque sí, si es más práctico para ti eso, que te vaya contando un poco de nuestra historia, igual me resulta sencillo hacerlo. Lo que pasa es que yo pensé que era más como entrevista. En fin. Parto por los 90 pues, antes de “Virgen (post) Dictadura”, mucho antes de las películas que lo hicieron tan famosillo, antes de que apareciera Robinson a deformarle la mente y meterlo en todo el cuento de los niños, nosotros éramos vecinos y no precisamente en el sector divino de Puerto Montt rodeado de árboles del que Apo habla en su biografía autorizada y que decía lo había inspirado para escribir el guión de “Luciérnagas en el Desierto”. No, nada de eso. Él y yo nacimos en Lampa, en un barrio bien humilde y donde el toque de queda duró hasta entrados los 90 gracias a todos los delincuentes y volados que teníamos viviendo en el sector. Quizás por la mamá horrorosa que le tocó tener –y me da una pena terrible decirlo, porque si de algo uno tiene que estar agradecido en la vida, es de su mamá-, la verdad es que el Apolo estaba obsesionado desde niño con el dinero, la fama, con las mansiones y el lujo… Pura influencia de ella. Por eso mismo negó siempre sus orígenes, pero a mí nadie me va a venir con cosas: el Apolo venía de una familia de esfuerzo de la que siempre se avergonzó. Cuando se empezó a creer diva tenía como 15 años y le decía a todo el mundo que sus padres venían del sur, que su papá era un empresario exitoso al que veía muy poco porque se la pasaba subiendo y bajando de aviones. Tan inseguro que era de todo en su vida el Apo, me llega a dar rabia. Le encantaba decir expresiones como jet lag, shopping o new wave, creía que eso le daba estatus, y nosotros con la Zafiro –su hermana chica, que en ese tiempo tenía como ocho años- le decíamos siempre “de adónde tú, maricón patas con tierra”. Se emputecía. Entre nos., debo confesar que nos encantaba molestarlo, porque era tan estirado el huevón y se le olvidaba que nosotros lo conocíamos de toda la vida. Yo creo que leer tantas revistas de moda y cine lo hicieron creerse un cuento que era una fantasía. Aunque en todo caso no quiero que estas palabras se malinterpreten, él era mi mejor amigo pese a su carácter de mierda. Con la Zafiro lo aceptábamos, fuese arribista, despectivo o todo lo que el mundo diga. Lo amo y siempre siempre será mi Apo, mi Apolo Pérez.

Ha sido doloroso este tema del psiquiátrico y por lo mismo te voy a pedir que trates el tema con respeto, porque, sin ofender, ustedes los periodistas son bien inescrupulosos a veces. Pero bueno, ¿en qué estábamos? Ah, sí, justo ahora te lo respondo. En esos años, te estoy hablando principios de los 90, su mamá ya estaba metida en algo turbio, no sé si relacionado con drogas o prostitución, pero por ahí iba la cosa. Eso era lo que todos comentaban en la villa, no es que lo diga yo. Claro, ella se la pasaba diciéndole a los vecinos que era azafata, pero parece que no era tan así. Mientras la señora Zoila trabajaba de “azafata”, el pobre Apolo tenía que quedarse en la casa cuidando a la Zafiro, que era esquizofrénica y había que vigilarla día y noche porque estaba sin tratamiento y le daba por prender fuego a todo lo que encontraba en su camino. Muchas de esas noches nos juntábamos en su casa, yo llevaba cajas de madera para improvisar un escenario y hacíamos un show. Ya en ese tiempo Apolo registraba todo con una cámara que no tengo idea de dónde habrá sacado, pero era de esas con cassettes, grandotas y tan pesadas como cargar un elefante en la espalda. Estaba claro que era lo suyo el cine, contar historias, si hasta se pasaba las tardes enteras en las funciones de los cines del centro, donde veía películas sin parar y llegaba a la casa contándonos sobre Buñuel, Bergman y hartos de nombres raros, les prendía velitas. Y aunque a mí en realidad me daba una lata monumental acompañarlo a esas funciones, me gustaba escucharlo hablar con tanta pasión. Y como te contaba, montábamos un show porque nos encantaban ese tipo de juegos, nos olvidábamos del mundo y sacábamos todo el lado de artista que teníamos dentro. La Zafiro, que nunca tuvo un talento muy claro, le tocaba ser siempre la asistente del “set”, como le llamaba Apo a su living. Él le pedía que ordenara la escenografía, que lo maquillara, que hiciera esto y lo otro y la pobrecita le hacía caso en todo. Bueno, en realidad a ella siempre le faltó carácter, pero el Apo era terrible cuando no le hacíamos caso, así que no le quedaba de otra. Montaba pataletas feroces, se tiraba al piso a gritar como loco, perdía la cabeza y a nosotros nos daba miedo, por eso le hacíamos caso. Pero no nos desviemos; yo me encargaba de hacer el vestuario para él con una Overlock que le sacaba a mi mamá. Imagínate, en esos años yo estaba demostrando cierta facilidad con la creación. Algo me decía en mi interior que el Apo y yo íbamos a llegar muy lejos juntos, porque éramos dinamita. Entonces él se ponía unos vestidos preciosos que le confeccionaba con todo mi talento y le quedaban súper bien, a pesar de su sobrepeso monstruoso. Su favorito era uno blanco con cuello de tortuga que le hice, igual al de la Sharon Stone en Bajos Instintos. Se ponía el vestido y actuaba la escena de la pierna cruzada y después cantaba canciones de Depeche Mode con su inglés pobre. Ese es lejos el recuerdo más tierno que tengo de él, cuando nos moríamos de la risa viéndolo así, apenas le entraba la ropa, aunque te digo en serio, el vestido blanco le favorecía porque lo hice pensando en la forma de su cuerpo, qué te crees. Y recuerdo también una vez que la Zafiro le dijo guatona y ahí sí que se ofendió, le sacó la cresta y media a la chiquitita. Pero a lo que voy es que todo era muy en plan niños, adolescentes que soñaban cosas lindas para no tener que poner los pies en esas calles llenas de delincuentes. Así eran nuestros panoramas de esos años, cuestiones inocentonas, súper creativas. Fuimos artistas desde el comienzo. Y para qué te voy a decir pues, de la señora Zoila ni luces, mamá del año, dormía en la casa una vez a la semana, con suerte. Cada día la veíamos menos y cuando volvía, llegaba llena de alhajas y anillos y pulseras y hasta una vez con un auto, ¿no será mucha la patudez? No era nada tonta, ya hubiese querido yo un trabajo así. En todo caso, si algo bueno tenía la señora –que era bien regia por lo demás, no te lo puedo negar- es que ella no se sorprendía ni se molestaba con nada de lo que hicieran esos dos: las pocas veces en que se acordaba de ellos, volvía a la casa con regalos y mercadería, y màs de alguna vez descubrió al Apolo usando vestidos de mujer. ¿Tú crees que se molestó? Para nada, al contrario, ella sonreía y me acuerdo que incluso un vez se sentó a ver nuestro espectáculo. Estaba segura de que su hijo era talentoso, que iba a ser como Harrison Ford gracias a su talento infinito y a sus ganas de conquistar el mundo. Tal vez por eso el Apo quería tanto a su mamá, porque creía en él. Si al final fue la señora Zoila quien le sembró la semilla de la superación repitiéndole mil millones de veces que el mundo estaba hecho para quienes se las arreglaban solitos, y que él sí o sí iba a salir de ese barrio mugroso antes de lo que imaginaba.

¿Sobre su papá? No, de ese tema no sé mucho y probablemente nadie sepa detalles más que la señora Zoila que, obvio, quizás sólo revele la verdad cuando algún programa de televisión le ofrezca harta platita para forrarse más. Y mira, acuérdate de mí cuando suceda, porque se ha hablado un montón sobre la ausencia de la figura paterna en la vida de cada una de las protagonistas de sus historias y todos quieren saber qué rol jugó su papá en la película de su vida… En todo caso, si hubo alguna vez una figura paterna para él… fue el Robinson.

A mí no se me olvida el día en que la señora Zoila apareció con Robinson, este tipo rarísimo, canoso, sus casi dos metros de altura y un cuerpo como alargado y flacucho que daba miedo, medio extraterrestre. Verlo llegar a nuestra villa en su descapotable amarillo pato, envuelto en una túnica blanca onda Krishna fue de película. Todas las viejas asomadas en bata viendo como un hombre extraño se bajaba del auto junto a la señora Zoila, que ya llevaba un par de meses vistiéndose como actriz hollywoodense, despampanante. Se habló de todo, al tiro, porque una mujer como ella apareciendo con un gurú millonario… Era para dudarlo. Tiene que haber sido como en diciembre del 92, me acuerdo porque el Apolo y yo habíamos salido de cuarto medio y trabajábamos en un proyecto suyo, un documental sobre Abigaíl, un travesti de Recoleta que aseguraba ser una reencarnación de la Virgen María, que además era trapecista de un circo y que para más remate no dejaba de hablar sobre Augusto Pinochet, decía todo el tiempo que el infierno lo estaba esperando a él y a la Lucía. Usaba unas pelucas rubias que llegaban hasta el piso, literalmente, y tomaba pisco solo. Lo grabamos día y noche y lo vestimos con unos mantos iguales a los de la virgencita, y que Dios me perdone, pero los llenamos de lentejuelas moradas para hacerle unas tomas en lugares emblemáticos de la comuna. Me da risa acordarme de estas ideas que teníamos juntos, éramos una verdadera fuente de creatividad, inagotable pero es que feroz.

Perdona, pero a mí los pensamientos se me van para otra parte a veces, perdona. A ver… Entonces teníamos este proyecto de documental que trabajábamos, que estaba a medias y que te juro no sabíamos en qué iba a terminar, porque era una cuestión muy B, un trabajo muy sucio y espontáneo. Y esa tarde antes de Navidad llega la señora Zoila con el tipo en el auto, almorzamos juntos (aunque ella quería a toda costa que esa tarde me fuera a mi casa) y, como nunca antes, pude escuchar a su mamá tan interesada en lo que Apolo hacía. Robinson sólo miraba el plato, de eso me acuerdo, y la señora Zoila era algo así como su vocera: “Robinson quiere saber de qué se trata tu último documental”, “Robinson pregunta si puedes mostrarle eso en lo que estás trabajando” y bla blá. Ella hablaba por él, como si se hubiese estudiado antes una grilla de preguntas, y su voz… era extraña, parecía que otra persona dentro de su cuerpo la obligaba a decir cosas. No sé cómo explicarlo, es complejo. Sólo atiné a mirar a la Zafiro y la vi furiosa, como nunca antes, y como estaba media loquita esta niña, de pronto de la nada gritó algo que nadie entendió bien, pero sonó como “Te odio”. Sí, eso fue, un “te odio” que le gritó al Robinson durante el almuerzo en el que nos conocimos todos. Incómodo para morirse, creo que en ese momento me puse a mirar todos los muebles del living sólo para no enfrentar lo que estaba pasando. El Apolo se paró de la mesa y le dijo a su mamá que le dijera a Robinson si quería ver lo que teníamos listo del documental. Robinson se puso de pie y, sin decir nada, caminó hacia la pieza del Apolo con él siguiéndolo detrás. ¿Tú crees que me preguntó si podía mostrárselo? Nada, nada de nada, le importó un bledo, estaba como hipnotizado por el huevón. Después de todo, yo era el  que le hacía la ropa y él el de las ideas. No tenía pito que tocar ahí.

Yo en general soy súper perceptivo, te lo prometo, entonces me di cuenta que después del almuerzo en el que conocimos a Robinson algo iba a pasar en la vida de Apolo. Tenía razón, mucha, porque dejamos de vernos dos semanas y de repente se aparece en mi puerta, 30 kilos menos por lo bajo, te juro, escandalosamente flaco considerando que hasta hace unos días era un gordo, obeso te diría. Le pregunté aterrado qué pasaba, si estaba bien, si necesitaba ayuda y me dijo que se había vuelto vegano y que por eso había bajado tanto de peso. En verdad no le creí mucho, pero me miró con cara de que mejor no insistiera, la misma cara que ponía antes de hacer una pataleta o berrinche si no le dábamos en el gusto. Pero esa no era la única sorpresa que me tenía preparada: el documental de Abigaíl estaba listo y editado y, con ayuda de Robinson y algunos de sus contactos, lo iban a estrenar al año siguiente en la primera edición de un festival que estaban preparando, el Valdivia Cine&Video, que ahora es el Festival de Cine de Valdivia. El nombre: “Virgen (post) Dictadura”. ¡Ni siquiera me había consultado! Me dijo que no me preocupara, que en los créditos yo iba a aparecer como Director de Arte. Pensé “¿Qué mierda es eso? ¿Un premio de consuelo?”, pero hasta ahí quedó la discusión. No iba a insistir más, además la idea de grabar al travesti había sido de él, no mía. Perdona que se me escapen estos lagrimones, pero es que es demasiado difícil, te lo prometo. Acordarme de los momentos en los que se quebró nuestro lazo. No éramos más adolescentes. ¿Tienes otro cigarro? Te lo agradecería demasiado.

Mira, desde ese momento nos distanciamos. De hecho, estuvimos varios meses sin hablarnos hasta que pasó la catástrofe tremenda y horrorosa. Desapareció la Zafiro, se la tragó la tierra a la pobre y nadie supo más de su paradero. Lo peor de todo es que fue a sólo una semana del estreno del famoso documental en el festival. Me encerré a llorar días enteros mientras todos los noticiario y la prensa comentaban la desaparición de la hermanita del Apolo. Nadie más supo de ella: que se cayó al Mapocho, que la vieron caminando desnuda en el Cajón del Maipo, incluso una vidente salió hablando en la tele asegurando haberla visto en uno de sus sueños encerrada en una máquina de metal dentro de un sótano con unos cables en la cabeza. Mientras se hablaba de secuestro, red de pedofilia, trata de blancas y cuantas otras cosas atroces, Robinson se llevaba a la señora Zoila y al Apolo a su parcela de Chicureo sin avisarle a nadie. Un día me levanté y se habían ido, dejaron todo su pasado abandonado. No se llevaron nada y obvio que todos los drogos de la villa saquearon la casa en tres tiempos.

¿Que cómo se lo tomaron? Ni idea, les perdí el rastro a los tres y ni siquiera recibí  una invitación del Apo para ir al estreno del documental. Fue una sensación confusa, frustrante, el no entender absolutamente nada de lo que está sucediendo con alguien a quien de verdad quieres mucho. Eso es duro. Lo peor de todo es que después del estreno del documental, a todos se les olvidó la desaparición y de lo único que se habló por semanas fue de la Abigaíl, escándalo nacional. Titulares en los diarios, imagínate que un mariconcito se había atrevido a insultar a Pinocho. Quedó la grande y parece que Robinson prefirió llevarse a su nueva familia fuera de Chile hasta que parara el drama. Ah, y por supuesto, el documental se llevó el Premio Especial del Jurado y hasta en algunos medios internacionales se habló de la famosa producción. Igual hay que pensar que fue una propuesta muy irreverente para la época.

Si me preguntas a mí, de todo corazón, estoy feliz de haber participado en “Virgen (post) Dictadura” y lo volvería a hacer 10 mil veces más si fuera necesario, te lo juro. Obvio, porque marcó un precedente en la historia del cine chileno y es un documental que se atrevió a ir más allá, se convirtió en una producción de culto. Además me ayudó a mostrar mi trabajo como diseñador. ¿O tú crees que el talento viene cuando compras un título universitario? No pues, las cosas no funcionan así en la vida real, lo que pasa es que en este país culiado nos dijeron que los triunfos se ganaban con plata y estudio, pero eso es una gran mentira. Si estoy donde estoy, es por mi talento, que se sepa, que el mundo lo sepa. Agradezco mucho al Apo por considerarme en sus producciones, pero esto, lo que soy yo, es porque me creo el cuento, porque soy bueno. El vestuario del documental, qué te puedo decir, iconoclasta.

No, si yo entiendo que esto que estás haciendo es sobre él, pero por supuesto que también soy una parte no menos importante de su historia, por eso lo menciono, ¿me entiendes? Porque sus películas y producciones tenían un carácter especial, como una estética que se quedaba para siempre en la mente de las personas, se grababa en la retina, y mucho de eso viene también de mi trabajo. Pero sí, sí, volviendo al tema, a partir de ese momento, después del triunfo del documental, iniciamos una nueva fase de nuestra relación que se centraba más en nuestros propios intereses. Él, a seis meses del estreno, ya estaba trabajando en el guión de “Muchachitas de los 80”, su primer largometraje, y necesitaba que lo ayudara con el tema del vestuario y la dirección de arte en general. Lo verdad es que yo estaba sentido por todo lo que había pasado, un poquito enojado, pero trabajar en su película era una gran oportunidad para los dos y sólo por eso accedí. Cuando regresó a Chile, su personalidad estaba en otra fase, o sea, me di cuenta demasiado y fue heavy. Después de todos los meses que había estado fuera del país, quedamos en juntarnos en el estreno de su documental en la Blondie, donde además la Abigaíl –que ya era toda una celebridad underground santiaguina- iba a hacer un show “único e inolvidable” en la fiesta. Llegué acompañado por un par de amigos de la productora en la que había empezado a trabajar y de repente apareció Apolo vestido con un terno blanco como de seda y con una corona de cristal o un tocado en la cabeza, no sé qué era esa huevada, algo demasiado gay-new age que encontré ya como una medida desesperada por llamar la atención. Venía acompañado por el Robinson, también de terno blanco, y ahora se cubría los ojos con unos lentes de sol a lo Warhol. Me acuerdo que lo primero que pensé fue “¿Quiénes se creen estos huevones que son?”, porque en serio, era una ridiculez que no tenía sentido, pero que por alguna razón les funcionaba. Todos en la disco los miraban, imagínate eso, paralizados por la aparición de Apo y el extraterrestre. Nada de darnos la mano ni abrazo ni menos un beso en la mejilla como lo hacíamos antes. Saludaron con un “hola” seco, se sentaron en nuestra mesa, pidieron dos botellas de agua mineral y Apo empezó a hablarme. Mientras lo hacía, me fijé en su nariz recién limada, tan perfecta y pequeña que cambiaba todas sus facciones. Una cuestión rarísima verlo tan distinto. Además, tenía los labios mucho más gruesos y usaba una barba frondosa, pero en todo caso limpia y ordenada. Decirte que no se veía guapo sería ser envidioso, porque de verdad se veía súper bien, a pesar de la facha excéntrica que andaba trayendo. También me pareció que su forma de hablar había cambiado: ya no se atropellaba, cada palabra salía muy pausada, en sonidos redonditos, medios robóticos. Ahí fue cuando me habló de “Muchachitas de los 80”, su nuevo proyecto que contaba con el auspicio de tres organizaciones, y que seguiría las aventuras de un grupo de chiquillas que escapan de un internado para matar a un ex agente de la DINA que asesinó a la madre de una de ellas. Apo quería que fuera parte de su proyecto, me dijo que necesitaba mi toque en esta nueva creación. Me gustó la idea, así que acepté y por un segundo pude verlo sonreír, vi el brillo de sus ojos que al tiro desapareció. Por dentro moría de ganas de pedirle que se fuera conmigo a casa, que hiciéramos otro show bailando Depeche Mode, que llorará por lo de la Zafiro si tenía ganas y que me contara todo lo que había pasado en esos meses en su vida tan efervescente. Pero no fui capaz, mucho menos después de verlo partir, tan serio y sobrado, hasta perderse con el Robinson en la pista de baile.

La película fue un éxito, y eso que no la pasaron en todas las salas, en parte por la censura que aún existía y por algunas influencias que lograron lo suyo. Pero llegó a algunos cines y curiosamente la editaron en video en Buenos Aires, así que también estuvo en algunos videoclubes de Chile. Todos querían verla…

Lo sé, sé que quieren ir a ese tema, pero preferiría que investiguen bien antes de que se hable, porque hacerle más daño al pobre Apo ahora que está enfermo… ¿Para qué seguir?... Está bien, voy a contarles, pero siempre y cuando incluyan en el reportaje las dos caras de la moneda, sean éticos pues, chiquillos, porque o sino me dejan mal a mí y  lo único que he hecho toda la vida es apoyar a Apolo, quererlo con el corazón. Déjame tomarme un traguito de esto que tengo aquí mira que hablar a mí todavía me perturba demasiado, te lo juro por Dios.

Lo que pasa es que durante el rodaje de la película, tiene que haber sido como en junio del 96, desapareció un niño, el hijo de uno de los cámara, y bueno, en el equipo se empezaron a hablar cosas. Cosas como no sé pues, que Robinson y Apo tenían “malas costumbres”, por así decirlo. ¿Puedes no obligarme a decir la palabra, por favor? Si saben de lo que estoy hablando, no me hagas verbalizarlo entonces, la gente en sus casas va a saber de lo que estoy hablando, ¡es demasiado obvio! Pero nadie puede decir nada, nadie puede culparlos ni señalarlos con el dedo, porque los investigaron completos, fue un show todo lo de la desaparición, hasta les allanaron la casa en Chicureo, una cosa invasiva tremenda, para el olvido. Ni una sola prueba, nada que los culpara, y aún así se ensució el proceso de producción de “Muchachitas de los 80”. Lo gracioso fue que con lo que pasó, la película era así como un imperdible para todos los jóvenes de la época. Todos, y cuando te digo todos es absolutamente todos, querían verla. Se convirtió en, por así decirlo, la primera película maldita chilena y empezó a piratearse en todas las regiones del país. Podías encontrarla en ferias libres, persas e incluso la pasaban en algunos ciclos de cine underground. Fue como lo que pasó con El Exorcista, Poltergeist o no sé, El Mago de Oz, todas películas marcadas por la tragedia, y que por eso tuvieron un mayor valor para el público. Es que a la gente le encanta la tragedia ajena. Somos bien malditos los seres humanos.

A pesar de que se aclaró el asunto de los niños perdidos (en el sentido de que no existieron pruebas que los culparan) Apolo comenzó a vivir una vida en la sombra. Dejó de salir a la calle, de ir a estrenos y a las fiestas que tanto le gustaban y se enclaustró en la parcela junto a su madre y el Robinson. Creo que tenía miedo del acoso de la gente y de la prensa, jamás lo dejaban en paz. Fue por eso que nunca pudimos verlo en algún estelar jugando con la Bolocco o riéndose con Camiroaga. Lo invitaron muchísimas veces, pero él sólo decidió desaparecer, hacerse humo. Pasaron unos años sin tener noticias de su existencia, un par de revistas publicaron artículos sobre su vida, estaba naciendo la farándula en Chile con programas como el SQP, fue todo muy rápido. Los periodistas, o como sea que pueda llamárseles a esos seres despreciables, se metieron en la parcela a paparazzearlo, a tomarle fotos sin su consentimiento. Hicieron un par de capturas donde aparecía él sentado entre otras quince personas, guatón a morir, vestido de blanco y, cómo explicarlo… Era como un zombie, tenía la mirada perdida, los ojos blancos, no sé, terrible la foto. Lo peor que pudieron hacerle. ¿Se dan cuenta por qué rechazo tanto este tipo de entrevistas? Para empeorar la situación, en la fotografía podían verse unos vasos al lado de cada uno de los integrantes del círculo. Se habló de drogas alucinógenas, ayahuasca y peyote, sólo por darte ejemplos… Se dijo de todo, pero yo me negaba a creer.

Por el año 2002, cuando yo trabajaba para la nueva teleserie de 7Mundo (que fue un fiasco total, hay que decirlo) recibí una llamada urgente desde Miami. Era él, había partido a fines del año anterior para empezar un nuevo proyecto y olvidarse un rato del tema de las fotos. Su voz sonaba alegre mientras me contaba que estaba con Robinson en el departamento de la playa trabajando a full en el nuevo guión y que me necesitaba otra vez. Como nunca antes, me atreví a preguntarle por su mamá, por sus sentimientos, quería saber por qué no se alejaba de una vez por todas del Robinson, pero él sólo cambió el tema como si nada. Quiero muchas luces de neón, rincones del norte de Chile, un laberinto de luces de neón en medio del Desierto de Atacama, sin efectos especiales ni escenarios pintados, quiero todo real, en tamaño real, eso necesito de ti ahora, ¿puedes hacerlo? No pude decirle que no, no fui capaz.

El rodaje comenzó a comienzos del invierno, con unos fríos que ni te explico, era como para querer morirse. Éramos un equipo de no más de 40 personas, incluyendo a los actores, entre ellos la Marianne Dalbosco, la actriz de moda y una insufrible total. Ella sería la protagonista de la nueva cinta del Apo, “Luciérnagas en el Desierto” y daría vida a Alondra, una joven sureña que llega al desierto a buscar los restos de su madre, una detenida desaparecida. Allí, durante su búsqueda, conoce algo, una mancha o figura extraña que le habla durante las noches y la convence de sumergirse en un lago oculto y fluorescente que la hace alucinar cuanta huevada te imagines, hasta que en medio de su viaje alucinógeno se encuentra con su mamá. Algo así es, o quizás la entendí mal. Es que tienes que verla mejor pues.

Nos tuvimos que quedar en el único hotel del pueblo que tenía capacidad para el equipo completo, un lugarsucho de lo peor. Se sentía una energía rara, como una incomodidad o miedo que nos acompañó la semana completa, más aún cuando podíamos ver al Robinson paseándose por los pasillos. Más encima, figúrame a mí en medio del desierto, grados bajo cero pues, no es cualquier cosa, instalando la tontera de luces de neón por la que se iba a pasear la otra tonta huevona que no paraba de quejarse mientras el Apo y Robinson tomaban baños termales. Fue duro, pero lo logré y cobré lo que se me ocurrió. Mínimo después de tanto mal rato. En fin, resultó el tema de la película, todos felices a un día de volver a Santiago y pasa de nuevo, se pierde un niño en medio de la madrugada. Ahora era el hijo de seis años de la administradora del hotel. De una pusieron la denuncia por presunta desgracia y media hora después teníamos a cientos de equipos de búsqueda metidos hasta en la raja. De nada sirvió que viajáramos en secreto ni la discreción y hermetismo de todo el proceso de rodaje. Otro escándalo saldría a la luz y ensuciaría aún más la imagen de Apolo. Buscaron por todas partes, pero hasta ahora, a 14 años, no han encontrado ni un solo rastro.

Fue portada de todos los diarios. Los más malintencionados pusieron “Apolo Pérez” y “desaparecido” en el mismo titular. Podía imaginar cómo esta vez sí se derrumbaba su carrera como cineasta y, de paso, la mía en la televisión. Se trataba del tercer niño que desaparecía durante el rodaje de una película de Apolo Pérez y nadie tendría compasión ahora. Otra vez los ojos estaban puestos sobre el Apo y él respondía como mejor sabía hacerlo: desapareciendo por mucho tiempo.

¿Dónde estuvo hasta el 2005? Ni me preguntes, porque no tengo la más puta idea. Lo único que sé, y que sabemos, es que la película llegó a casi todos los cines del país y fue un éxito de taquilla. La crítica especializada la destruyó, claro que sí. Dijeron que era lejos la obra más vacua, plúmbea y pretenciosa de su carrera, aunque rescataron y destacaron el arte de la película, lo que fue maravilloso. Decían que tenía una atmósfera tecno-ochentera-claustrofóbica que resultaba realmente fascinante para el espectador. Como sea, con o sin buenas opiniones, lugar al que ibas te encontrabas con gente comentando “Luciérnagas en el Desierto”, incluso a señoras que tiraban más para abuelas, que nunca antes habían logrado enganchar con las propuestas del Apo. El país entero quería saber sobre los niños desaparecidos en las películas malditas de este gallo. Me atrevería a decir que con su tercera película terminó de consagrarse como uno de los directores chilenos de culto.

¿Tú no tomas? Es que no sé cómo puedes trabajar tantas horas sin tomarte un trago de algo para amenizar la pega. No sé, no podría, lo encontraría todo una soberana lata, te lo prometo. Permiso, apaga la camarita eso sí.

Sí, también me tengo que ir, llevamos mucho rato con la entrevista-documental-reportaje o no sé qué cosa y me quiero ir. Pero qué más quieren saber. ¿Si hablé con él antes de que lo internaran? Pues mira, la verdad es que una vez nos vimos, pero me da no sé qué contarte más detalles de este asunto. Bueno, ya, pero con esto cerramos y espero minimo que me envíen su huevadita antes de transmitirla, aunque sea por favor a la decencia. El miedo a que estos huevones te saquen de contexto es una cuestión horrenda.

Creo que el próximo año iba a comenzar el rodaje de “Síndrome de Estocolmo”. Algo así me dijo por teléfono antes de aparecerse por mi casa en marzo pasado. Me contó un par de cosas más, pero no lograba entender mucho de lo que decía, apenas modulaba. Dos días después llegó, por primera vez sin el freak del Robinson. Venía vomitado entero, oliendo a mierda mal, un desagrado. Lloraba y lloraba, así que le permití pasar y le puse un trozo de nailon en el sillón para que no ensuciara, porque, o sea, de verdad hediondo el pobre, como si hubiese estado meses durmiendo en la calle. Hablaba cosas sin sentido, algo de la suerte de los niños, que estaba dentro del cerebro de los niños, una huevada estúpida que daba susto y que no logré entender para nada. Como te digo, yo me asusté y le pedí por favor que se fuera, que volviera a su parcela a trabajar en la película nueva, que al menos yo no iba a participar más en sus proyectos. Ahí fue cuando empezó una escena del terror: gritaba que Robinson era malo, que todo era culpa de él, que los niños iban a morir  si no lo ayudaba, y sus ojos desorbitados, como en un mal viaje de LSD o la droga que sea que haya estado tomando. Mal, mal todo, tuve que llamar al conserje, pedirle que llamara Carabineros. ¿Qué esperabas que hiciera? No quería meterme en dramas legales. No me mires con esa cara, quizás qué cosas iba a pensar la gente. Oye, ¿pero cómo se te ocurre grabarme ahora?.-


Tuesday, October 18, 2016

Agua (29.8.2016)

Un hombre en traje de baño se posó en el trampolín. Hizo fuerza con sus pies sobre la superficie hasta hacerlo batir una y otra vez. Entonces alzó los brazos, juntó las palmas sobre la cabeza y, tras ejercer presión nuevamente, dio un salto veloz y se lanzó en picada dentro de la piscina. Facundo, hipnotizado, vio su cuerpo girar como en cámara lenta y enseguida pensó que sus movimientos eran iguales a los de las olas en el mar. Tras la mampara empañada que lo separaba de la zona de baño, pudo distinguir la silueta de esa persona atravesando la capa cristalina hasta convertirse en una figura indeterminada y borrosa bajo el agua. Sintió la urgencia de lanzarse así también, frente a todos, sin miedo ni vergüenza, pero sabía que era incapaz.

Atravesó la recepción con la mirada puesta en el piso, contando los cerámicos de dos en dos. Era un ejercicio divertido y le servía como pretexto para no tener que hacer contacto visual con las encargadas o saludarlas. Muchas veces sintió el peso de sus miradas molestas puestas sobre su nuca al pasar, pero jamás se volteó para comprobarlo. Ellas nunca lo comprenderían, aunque eso en realidad no le interesaba demasiado. Esta vez optó por contar hasta la entrada de los vestidores, desde donde pudo oír el rumor de las voces masculinas allí dentro. Se detuvo paralizado por la angustia al imaginar el cuarto lleno de hombres desnudos hablando de fútbol, de minitas, jugando a golpearse con las toallas, sin mirarse bajo los rostros ni por accidente. Las indicaciones de su psicólogo le parecieron más absurdas que nunca antes, un sinsentido absoluto. Hacer ejercicio ahí, con todos esos seres entre medio, no era más que un acto suicida, no un ayuda extra para canalizar sus emociones.

Por un momento pensó en volver a casa, alejarse de ahí y no pensar más en la idea del deporte, pero algo lo impulsó a quedarse y entrar al vestidor. David Montoya, como cada viernes al mediodía, entraría a la piscina con su traje de baño rojo que compró en Miami, ensimismado, sin mirar a nadie. La idea de verlo, de quizás acercarse a hablarle, fue la razón para volver a mover los pies y entrar al camarín. Pudo marcharse y no sentir la incomodidad de los cuerpos desnudos frente a sus ojos, pero el deseo de hablarle era más grande. Algo así como una necesidad vital.

El vestidor era un largo pasillo cubierto con una alfombra sintética verde para absorber la humedad. A cada costado, bajo los casilleros instalados en las paredes, estaban ubicadas las bancas en donde los desconocidos se sentaban para vestirse, desvestirse o simplemente conversar. Facundo entró en silencio, apretando con fuerza la toalla que llevaba en una de sus manos, sin siquiera levantar la vista para comprobar dónde estaba su casillero. En realidad, al ver el número de la llave que sacó en recepción, supo que debía estar casi al final. Fue hasta allá con el corazón acelerado golpeando su pecho, viendo de soslayo las figuras color piel a sus costados. Las imágenes difusas que pasaron a su lado como proyectadas pudieron ser vientres y brazos marcados por la natación, los cuerpos en forma de embudo, de torsos anchos, músculos alargados, cintura estrecha y ni un solo gramo de grasa. O quizás sólo era lo que su mente quería imaginar. Tomó asiento al final del cuarto, en donde se sintió protegido, como si esa esquina húmeda fuese el búnker desde el que se enfrentaría a la desnudez. Sí, porque desvestirse ahí era parte de una guerra personal, una situación que lo aterraba tanto como las horas obligatorias de educación física en el colegio, la tortura adolescente. Vino a su mente la imagen deformada de sí mismo hace quince años, cuando se sentaba bajo las graderías del patio del colegio para no tener que participar de la clase. Verse siendo aquel niño obeso de mejillas coloradas, con el acné vivo marcando su rostro y el primer bigote sobre el labio (una desagradable pelusa gris) le produjo una sensación de aguda incomodidad, como si alguien hubiese arrastrado las uña sobre un pizarrón.

De a poco empezaron a salir los hombres del vestidor hasta que no quedó nadie. Facundo dejó de simular que escribía mensajes por teléfono y comenzó a desvestirse con movimientos calculados, mirando a ratos hacia los lados para asegurarse de que nadie viniera. Se puso la toalla enrollada en la cintura y se sacó los pantalones por debajo, previniendo ser visto. Se preguntó por qué los vestidores debían ser siempre compartidos. ¿Acaso la privacidad no era relevante? ¿Podía ser visto en su completa intimidad por otros tan sólo por tener el mismo pedazo de carne colgando entre las piernas?
Cuando sintió el ruido de las puertas batientes se cubrió las piernas con un movimiento brusco, como si de pronto alguien lo hubiese descubierto guardando entre sus ropas algo que no le pertenecía. Se volteó molesto, aunque incapaz de hacer o decir algo (como siempre) y sintió como la habitación vaporosa pareció reducirse a su mínima expresión y el aire húmedo tornarse fangoso hasta casi no poderlo respirar. Era David Montoya en persona iniciando su mañana de deporte (sabía que vendría). Caminó hacia uno de los primeros casilleros rodeado de un halo de indiferencia, pensado quizás en su vida perfecta, en sus negocios en el extranjero, en que debía mantener bien ese cuerpo macizo y marcado, en la responsabilidad de ser un padre de familia, de mantener la casa tan costosa (Vitacura 387, Vitacura 387) en no olvidar pedirle a su asistenta que fuera pronto por los regalos de Navidad de sus hijas. No miró a Facundo, ni siquiera lo notó allá en el fondo, como si no fuera más que otro de los casilleros, un casillero de enormes proporciones, oxidado y abandonado, acumulando nada más que basura, bolsas con olor a humedad y ropa interior olvidada. En cambio él lo observó durante esos tres minutos, se fijó en la forma pausada de sus movimientos al desvestirse frente al espejo (igual como lo hacía en su habitación al llegar de la oficina), los ademanes exactos y duros, propios de un hombre bien educado y seguro de lo que significa ser un hombre. Porque David siempre fue un hombre en toda dimensión de la palabra, un macho alfa. Desde los primeros años en que fueron compañeros, lo recordaba siendo un hombre real, más desarrollado que el resto, más perspicaz. Todavía podía escuchar esa voz gruesa que llenaba la sala y hacía a sus compañeras voltearse a verlo. Y cuando deslizó los boxers hasta el suelo dándole la espalda, vio su trasero levantado, como de película porno, y se maldijo por nunca haber hecho algo antes para mejorar su cuerpo. Ahora era demasiado tarde y la obesidad mórbida de hace una década había dejado sus pieles sueltas, como cortinas vivas pegadas a los músculos. David seguía igual, pese al paso de los años, e incluso conservaba la altanería tan propia de sus movimientos, expelía seguridad. En sus treinta años vivía aquel adolescente hermoso y popular, de buena familia y con grandes capacidades de liderazgo. El personaje cliché de cualquier película de adolescentes que con una sola mirada era capaz de dar órdenes, de agrupar a los más sumisos, de encantar a cualquiera, incluso a Facundo.

No se dio cuenta cuando David salió del vestidor, aunque estaba seguro de que no le había concedido ni una sola mirada. Era probable que en esos minutos, a solo unos metros de él, ni siquiera se hubiese percatado de su presencia. Se puso de pie, cerró el casillero y caminó hacia la puerta, sintiendo algo que podía ser rabia o quizás autocompasión. Se encontró frente al espejo de la entrada y se preguntó si eso que vió ahí era un hombre. ¿Qué era? No sabía, pero dolía verse con la juventud tan oculta bajo todos esos quilos de piel sobrante. No ayudaban mucho las pantorrillas tan delgadas ni los brazos demasiado largos; todo incomodaba a la vista. Y la cicatriz que atravesaba su cuerpo estableciendo límites como en un mapamundi era algo deprimente. La mancha en forma ovalada comenzaba sobre la rodilla derecha, de forma semi triangular, hasta ocultarse bajo el traje de baño y volver a aparecer en la cintura, sobre la pretina. Más arriba, casi llegando al ombligo, la marca plana se volvía porosa y áspera, la cordillera en el mapamundi, llena de relieves y cavidades. Injertos de piel oscura que intentaron arreglar una tragedia, mejorar aquel daño permanente sin éxito.

El fulgor de las llamas todavía iluminaba algunas de sus pesadillas.

***
A su mente regresan las imágenes de las cálidas mañanas del año 2000, cuando sus propias inseguridades no le permitían socializar con cualquiera. De todas formas, no era difícil pasar desapercibido. De la casa al colegio, del colegio a la casa, no hablar mucho, no opinar en clases, no mirar a los hombres haciendo deporte (jamás): las reglas de oro, el manual de supervivencia. Entonces en la sala repleta de quinceañeros, una olla de hormonas, aparece la imagen de David con el uniforme impecable y el cabello peinado hacia el lado. Está junto a sus amigos, los mismos que lo acosan lanzándole la pelota en la cara, diciéndole “guatón marica”, los enemigos naturales de quienes debe huir a la salida.  Intercambian tazos o cartas o algunas de esas cosas de “niños-hombres”, el término que usa la orientadora a veces para sugerirle cómo debe comprtarse (mientras Facundo se pregunta cómo se es niño-hombre). El profesor ahora entrega las pruebas de Matemáticas. David sacó otro siete, como siempre, y se para sobre la mesa haciendo una reverencia o lo que sea eso que hace Marcelo Salas, el jugador de fútbol. David quiere llamar la atención, y de verdad lo logra: siempre con las bromas a flor de piel, las ideas ocurrentes y las ganas de socializar, de estar en la mente de todos. Por eso ahora va a su puesto y Facundo está a un segundo de sufrir una crisis de pánico. David le dirige la palabra por primera vez, luego de tomar una silla y sentarse frente a él. “Voy a celebrar mi cumpleaños”, le dice con una sonrisa que le parece honesta, mostrando los dientes parejos y ordenados. “¿Vamos?”. Una invitación real a un cumpleaños. Facundo no logra mirarlo a los ojos, pero trata de hablar simulando terminar un ecuación matemática en su cuaderno. Quiere llorar, abrazarlo y seguir llorando, darle las gracias por esa oportunidad, pero nada de eso sucede. Le dice que irá, y David se alegra tanto que le da una palmada en el hombro seguida de un apretón de estómago que lo deja helado. David posó la mano sobre su enorme panza y no está seguro de si eso es bueno o malo. El sabor metálico de la sangre invade su boca.

***
Todo estaba en silencio cuando Facundo entró al salón de la piscina. Dejó sus cosas sobre una de las sillas reclinables junto a la puerta y caminó descalzo hasta la escalera de acero que se perdía bajo el agua. Pese a que nadie lo observaba, tomó asiento sobre el borde y sólo en ese momento fue capaz de sacarse la polera. ¿Dónde estaba David? Quizás en el gimnasio o en el sauna o simplemente se había ido. El sonido de su cuerpo saliendo del agua fue la respuesta. David estaba en lo más profundo de la piscina, al parecer estático, como un cocodrilo acechando a su presa. Facundo se cubrió el torso con los brazos como por acto reflejo, humillado. ¿Cómo no se dio cuenta de que estaba ahí? Bajó rápido la escalera sin mirar y se lanzó torpe al agua hasta sumergirse. Allí abajo, donde los rayos del sol colándose por el techo de vidrio no lograban penetrar, vio las piernas de David al otro costado de la piscina. Se imaginó en la playa con las mismas piernas de deportista, tonificadas y cubiertas de pelo dorado, trotando en dirección al horizonte (al éxito) mientras hombres y mujeres alrededor lo aplaudían y alentaban. No pudo evitar reírse con aquella escena burda, dejando entrar el agua en su boca. Sintió que se ahogaba y estiró los brazos con desesperación intentando nadar hacia la superficie. Salió tosiendo y quejándose sin recuperar del todo la respiración. Una salida escandalosa, pensó mientras se acercaba a la escalera para volver a los vestidores. Ya había sido suficiente para él. Pero antes de poner un pie fuera del agua, miró a David, que seguía parado al otro lado de la piscina sin mirarlo, sin preocuparse en absoluto, con los ojos pegados en su smartwatch último modelo a prueba de agua que compró por eBay el 12 de octubre. Sí, Facundo había visto la factura electrónica en su email; 350 dólares más gastos de envío. Uno para Rebeca, otro para Laura, uno para su esposa y uno para él. Los fue a buscar a las oficina de FedEx tres días atrás, ansioso por usarlos, se notaba en su rostro cuando lo vio bajar de su auto y cruzar la calle con un cigarrillo en la boca. Todo eso recordó y pensó que a veces odiaba al mundo gracias a él. Por eso se atrevió a acercarse: había llegado el momento de recibir una disculpa. Flotó impulsandose sólo con los pies en dirección hacia David, silencioso, con la mitad de la cabeza fuera del agua. Tocó su espalda y él enseguida se volteó serio, con las facciones de hierro. ¿Necesitas algo?, le dijo David con un movimiento labial casi imperceptible, igual a los de un ventrílocuo. De tan cerca se veía mucho más atractivo que en las fotografías que decoraban las paredes de su living lujoso e inmaculado. ¿No te acuerdas de mí? Soy Facundo, fuimos compañeros.

No, Facundo, no recuerdo haberte visto antes.

***
La casa perfecta de David, con un jardín interminable y tan verde como la camisa Polo que lleva puesta. Lo recibe entusiasmado, con un abrazo cariñoso, si hasta puede sentir el olor cítrico de su perfume. Muy veraniego, piensa Facundo, que ahora entra tras David intentado ocultar la barriga de alguna forma. Estira la polera, se sube el pantalón a la cintura, pero no hay caso, esa guata no tiene solución. Pánico y adrenalina más unas ganas enormes de salir corriendo. Todos están en el living y no están sus padres. Son treinta o cuarenta personas, algunos sus compañeros de curso y también están los que los molestan, infaltables. Esos tres lo miran al entrar y siguen bebiendo shots de tequila, como si no les importara su presencia. Se alivia enseguida, porque prefiere ser ignorado antes que humillado. Suena esa frase en su cabeza con la voz ronca de algún locutor radial: mejor ser ignorado que humillado. Si fuera un producto, ese sería su eslogan publicitario. Ríe pensando en la idea y tres mujeres vestidas de cuero lo miran con cara de asco y ahora son ellas las que ríen. Pánico otra vez, segunda vez esta noche, ¿y si mejor me voy? Camina hacia la mesa a comer algo. ¿Es el guatón maricón ese? Alguien susurra eso o algo así, creyó escuchar eso. Sí, lo escuchó, se burlan de él esas tres tipas que ahora lo apuntan. La rubia le dice algo en el oído a la otra y ambas se ponen de pie (Facundo, huye). Facundo ahora avanza por el pasillo, cuenta los cerámicos de dos en dos hasta casi llegar a la puerta de salida. Dos, cuatro, seis, ocho, diez. Facundo, ¿adónde vas? Ven. Es David con su polera Polo y el olor cítrico y la barba de unos días tan delineada y Facundo con su bigote asqueroso-pelusa. No te vayas, ven, acompáñame. Al parecer nadie los sigue. David lo toma de la mano y entonces el mundo realmente se podría acabar. Ven, Facundo, te quiero mostrar algo. Si temblaba de terror, ahora es por la emoción. Es David que lo toma de la mano, ¿es David? Su cara tan bonita y el olor cítrico. Todo es demasiado. Todo es como las películas adolescentes, los clichés de las películas escolares. Se ve recibiendo la corona de reina en la fiesta de fin de año, las luces y todos aplaudiendo y entonces cae la sangre de cerdo sobre él, sobre su vestido blanco perfecto. Se ríe de nuevo y David le pregunta por qué lo hace. Porque esto es como una de esas películas terribles del colegio. Pero yo no te voy a hacer nada, Facundo. Lo que pasa es que mira, gordito, ven. Gordito. Odia esa palabra, pero como la dice David suena tierna y al fin se siente a salvo porque está con David Montoya. Entran a la habitación del final del patio y parece que ya es de noche y no hay mucha luz. Es un cuartito como estilo cabaña, con el piso de madera y el olor a Raid para matar a los zancudos. Siéntate aquí un ratito. Te quiero decir esto, Facundo, cierra los ojos. Sí, ese es el momento en el que lo humillan. Pero no siempre todo tiene que ser como en las películas, no siempre los rechazados son humillados y marcados para toda la vida. Lo sabe ahora que ve a David con los ojos cerrados a unos centímetros de su rostro. Se van a besar, la intensidad del perfume cítrico lo comprueba. Cierra los ojos. Pero no sucede, porque sí es como en las películas. Entra el trío de huevones que lo molestan, llevan máscaras de Gasparín y saltan y se ríen y David entonces ya no está. Guatón maricón culiao, eso le dicen, pero como cantando y lo meten dentro del closet, David lo mete dentro del closet. Los cuatro lo fuerzan a entrar a ese agujero negro y él grita y pide ayuda, igual que en las películas, y se siente tan estúpido por caer en algo así cuando todo siempre fue tan obvio. Está encerrado, abren y cierran la puerta y le tiran cosas dentro, peluches, comida, cerveza. David también lo hace con la misma sonrisa honesta y atrás están las niñas de cuero riéndose. Tenía que pasar como en las películas. Le hacen agujeros en la ropa con los cigarros y siente como eso quema su piel. El cigarro, la ceniza del cigarro, prende su ropa, prende toda su ropa porque había alcohol en ella mientras grita desesperado y los niños con máscaras ya no se están riendo para nada ni David ni nadie. David llama por teléfono y las mujeres le echan agua encima con el rostro lleno de terror. Todo es como en las películas adolescentes. Arde la piel y el corazón. El fuego no se apaga.

***
Facundo una vez más miró a David, que seguía de pie al fondo de la piscina mirando su smartwatch, y entendió que las personas como él nunca cambiaban. Pensó que en realidad era como esos personajes de las películas que se repiten de producción en producción: villanos efectivos, pero demasiado utilizados a esas alturas. Fue por eso que no insistió, no quiso vengarse cuando él simuló no conocerlo. Debía dejarlo ir de una vez por todas. Hundió la cabeza bajo el agua por última vez, convencido de que nunca más volvería a ese lugar. Pero algo llamó su atención en la profundidad: un objeto circular y negro de plástico que sobresalía en el piso celeste, justo en el centro de la piscina. Era el tapón, tan grande y mal puesto que parecía una verdadera obra del destino. Facundo se rió imaginando cómo sería ser alguna vez ser el villano, aunque fuera sólo por un par de minutos.-


Al otro lado (17.11.2015)


I.                    S o b e r b i a

Acostado sobre el edredón blanco de su cama king size, Aníbal está desnudo fumando un pito de marihuana que sacó de su cultivo indoor. Ve una cinta de Gus van Sant en la que dos hombres se pierden en un desierto de algún lugar de Norteamérica, y se les puede ver caminando en planos generales interminables en busca de una solución. Uno de ellos es maricón, piensa, y está seguro que quiere chupársela al más alto. Esta película es una mierda. Cierra los ojos y cambia al actor más delgado por Michael Fassbender. Entra a escena, también se pierde en el desierto con el alto de barba y con Fassbender. Los protagonistas están de rodillas ahora, mientras Aníbal sigue de pie. Se la chupan mirandolo a los ojos y oye a las aves carroñeras graznando a lo lejos. Perras, putas, ¿está rico?, ¿está rico el pico, putitas? Siente el viento gélido acariciando sus mejillas mientras Fassbender le pide que por favor lo folle pronto. Dentro de la pantalla de su LED y en la vida real acaba, manchando con su líquido los rostros de los actores y el cubrecama.

Enciende su teléfono para buscar alguna aventura, algo que no demande mucho tiempo ni esfuerzo ni mayor diálogo. La punta de su lengua, como por acto reflejo, roza sus labios, los entibia, produciéndole una segunda erección que reafirma su idea de encontrarse con algún desconocido esa noche. La aplicación de su smartphone muestra diferentes rostros, torsos, bultos, culos. Sabe que aquellas imágenes son deformaciones de realidad, pero que al menos sirven para garantizarle que no llegará a encontrarse con algún obeso o adefecio con principios de enanismo. Así se evita el mal rato.

Enseguida halla uno: se llama Pedro, 26 años, es guapo y exhibe un cuerpo trabajado y bien definido en su fotografía principal. Labios carnosos, cabello rojizo, nariz recta, paquete marcado. Moderno con lugar en Cerro Navia, señala en su breve descripción, que le suena como el eslogan de algún taller mecánico de medio pelo. Detesta la idea de atravesar Santiago, pero un lunes al atardecer no es el mejor momento para conseguir sexo, al menos de forma gratuita. Resignado, camina desnudo por el pasillo con el edredón entre sus manos. Baja hasta el lavadero y Franca, la empleada, enseguida mira hacia otro lugar, avergonzada y sin decir una sola palabra, acostumbrada a esas actitudes que Aníbal siempre tiene. Pone la ropa de cama sobre la tapa de la lavadora y sube al baño para tomar una ducha rápida.

***

Diez de la noche, media hora de retraso y la Avenida Kennedy abriéndose frente a él. Un peinado a lo Duran Duran, la chaqueta de cuero y los blue jeans rasgados, el look ideal e intencionalmente casual. I am the son and the heir of a shyness that is criminally vulgar, canta Morrissey desde la radio de su Volvo rojo. Ve su cara en el espejo retrovisor y sonríe, porque nada puede deternelo. ¿Qué diría su madre? Diría que eso es peligroso, que así se puede matar, que se deje de fumar tanta droga porque ya parece un huevón. Pero eso da lo mismo, porque ella está en Japón desde hace nueve meses aprendiendo una disciplina que no recuerda el nombre, y que sirve para hacer fluir la energía corporal, o tal vez es algo como un apostolado. Tampoco le interesa el tema de la disciplina ni la energía ni la imagen recurrente de su madre siendo penetrada por un micropene japonés.

Gire a la derecha y después su destino estará a la derecha, dice la voz femenina de acento español que sale de su GPS. Cree estar cerca, aunque no está seguro, ni está seguro de estar a salvo en el lugar. No puede evitar imaginarse rodando por una quebrada envuelto en una bolsa de basura, agónico, con las heridas abiertas después de la extracción de algunos de sus órganos. Ve a su madre dejando por unos días los micropenes y bukkakes para asistir a su funeral, vestida de negro, dramática, con sus tetas llenas de silicona envueltas en tercipelo y encaje. En ese preciso momento, desea más que cualquier otra cosa poder lavar sus manos. Disminuye la velocidad, ya está llegando, no puede creer que está ahí, entrando en una población desconocida, una boca de lobo.

Casas pareadas de ladrillo princesa sin pintar y las rejas y vidrios rotos y clavos cubriéndolo todo. Silencio incómodo, silencio de barrio de noche, del tipo que se interrumpe por los ronquidos de las narices con pelos y restos de cocaína pateada en el block de allá enfrente, por orgasmos de la vieja de la esquina, por las escenas de celo que terminan en asesinatos que luego salen en los canales que él nunca ve. No quiere bajar del auto, sólo quiere lavar sus manos. La sucesión de imágenes en su cabeza le juegan una mala pasada, lo sabe. Bip y vibración de su teléfono. Una nueva notificación de Instagram, alguien le ha dado like a 40 de sus fotografías. Son 40 de las 743 imágenes de su vida que están en la red. Nada de selfies ni cosas de mal gusto; son capturas tomadas por otros, pocas veces mirando a la cámara, siempre natural, en algún bello paraje de la India o escalando una montaña en cualquier parte del mundo, acompañadas todas de textos sobrios o fragmentos de alguna canción en inglés. Revisa la página de quien lo visitó y descubre con desagrado que es de Pedro, el tipo con el que follará, que justo ahora se asoma entre los visillos apolillados de su living-comedor para ver quién está en el auto. Selfies, muchas de ellas, los biceps y triceps duros y apretados, un bello cuerpo opacado por la poca prolijidad de las capturas. Un rollo de papel higiénico como parte del decorado, las poses burdas para resaltar los músculos, una mala depilación abdominal y la letra de una canción de Taylor Swift como uno de los tantos captions. Se abre la puerta de entrada y sale Pedro a recibirlo, vestido con un buzo gris y unas zapatillas Adidas blancas, como nuevas. Podría pisar el acelerador, olvidarse y llegar a casa a beber una botella de Arizona  mientras ve un capítulo de Grey’s Anatomy, pero no, porque el chico que sonríe desde afuera de su auto está bastante decente, aunque quizás “aceptable” funcione mejor para definirlo. Regresar sería haber perdido el tiempo, no atreverse, ser un cobarde y, peor aún, un prejuicioso sin remedio. Así que se baja y lo saluda como lo hacen los caballeros, dándole la mano, la misma que desde hace un rato quiere lavar.

Aníbal sigue al anfitrión y atraviesa el antejardín atestado de duendes de greda a mal traer. Posa sus ojos en su nuca, mientras lo escucha relatar cómo fue su tarde, lo difícil que estuvo el exámen de cocina, lo aburrido de tener que moverse cada mañana para ir al instituto, que está mega lejos. Mega, ¿qué es esa hueá? Al entrar al living-comedor-cocina-lavadero, descubre de inmediato que en esa casa vive gente religiosa. Las vírgenes maría lo observan con sus miradas reprobatorias, cubiertas de flores y listones y escarchas y brillos y luces LED. Versiones y reversiones de la santa en todos los formatos: calendarios, cuadros, velas, muñecas. Sí, mi abuelita es bien creyente, me encanta que le gusten estas hueas, dice Pedro llevándose las manos a la boca para morderse las uñas, aún de pie y sin dejar de moverse. Movimientos de nerviosísmo y ansiedad, de querer simpatizar, algo que Anibal sabe, porque lo aprendió cuando asistió a unas cuántas clases del primer semestre de psicología, y le encanta, es como buena nutrición para su ego. Luego se sientan y beben un poco de las botellas de Aperol que llevó. Pedro habla de la lepidopterofóbia y también de su hermana que está ‘en cinta’, lo que a Aníbal le parece muy gracioso, aquella forma de decir que está embarazada, tan gracioso como la vieja estampada en uno de los cojines del sillón. Los dos ríen y a Pedro le brillan un poco más los ojos. Aníbal cree que Pedro es simpático, como su casa y los cuadros y la vieja del cojín. Entonces pasa media hora de reloj y ya han bebido dos botellas de Aperol, están un poco ebrios y conversan dejando de lado la distancia, uno al lado del otro, y las vírgenes los miran y también esas figuras raras que cuelgan del mueble de la esquina donde se guardan vasos y esas cosas que no sabe qué son. Tú pareces pintor, ¡te apuesto a que eres artista!, dice Pedro a toda voz, dejando salir una emoción que le hace sentir una vergüenza desagradable, vergüenza ajena. No, yo soy traductor, le responde arrastrando las palabras. Miente, no es traductor, no hace nada, aunque para terminar la carrera le faltaron sólo dos años. Pero ese tema es muy fome, hablemos de otra cosa, y sin darse cuenta ya están besándose con desesperación. Apagar la luz y caminar a tientas en la oscuridad adivinando los pasillos de esa casa enana laberíntica de ampliaciones sobre ampliaciones. Besos con lengua, sentir su piercing moviéndose, abrir los ojos y ver los de Pedro cerrados y tras él, una corona navideña colgando en una pared de la pieza con dos catres, apenas iluminada por la luz de una lamparita sobre el velador. Pedro es de menor estatura, así que de puntillas alcanza su boca, temblando, aunque también puede ser por los nervios incontenibles que a Aníbal ya no le parecen tan simpáticos, porque él venía a culiar no más, no a ver como este tipo se ponía nervioso por su sola presencia. Igual lo besa y no le gusta su olor, pero lo besa. También siente un bulto escondido tras la tela del buzo. Lo palpa y sabe que es una verga grande que quiere y que lo hace olvidar a la virgen y a la vieja del cojín y a su mamá en Shibuya o Sumiyoshi-ku, ya no recuerda. Su mamá. Desliza su lengua con una agresividad grosera y sucia y su lengua áspera, igual que la de los gatos, sobre el bigote y la barba de tres días de Pedro. La vieja, por qué la vieja en un cojín. ¿Qué pasa? ¿No te gusto? Un tono neutral, un poco tierno y caviloso. Pedro le toma la mano y la pone subre su culo depilado, y eso sí le gusta y lo calienta, aunque está mareado y todo se mueve un poco. Por qué, si no tomé tanto. Las vírgenes, mamá, el flaite. Un grupo particular de individuos, tan distintos todos, pero que se calientan y se erotizan, a pesar de lo que dice la biblia. Así que vamos, flaite, vamos y follemos, aunque no sepa mucho sobre lo que está pasando, aunque esté mareado, aunque la virgen nos mire. Está feliz este flaite, yo sé que le gusto, me debo ver rico con este boxer, ¿te gusta? ¿Y si me lo sacas un poco? El teléfono, ya, buena ide/

***
Desayuno para dos: tostadas con margarina, jugo de naranja, un poco de leche, pan de pascua artesanal, todo puesto sobre una bandeja de plástico floreada. Pedro está apoyado en el marco de la puerta y anuncia su presencia en la habitación con un despiertaaa cariñoso. Aníbal entonces sale de un sueño profundo sin entender demasiado sobre la noche anterior, asfixiado entre las sábanas con olor a naftalina. Gira su cabeza y ve al chico vestido con un pijama azul, sonriéndole como si se conocieran desde siempre. Se incorpora de a poco, aquejado por un dolor de cabeza al que no le encuentra razón de ser, sin siquiera considerar que a sus 28 años una resaca se sufre tres veces más que en los primeros años de los 20. Tómate este juguito, niño lindo, antes que la caña te termine de matar. Mi mamá llega en un rato de la pega y no quiero que te vea aquí, así que no te demores mucho. Oye, pero yo quiero volver a verte.

Yo quiero volver a verte. Pedro, el meloso, se acerca y se sienta al costado de la cama, junto a sus pies, y pone la bandeja sobre el regazo de Aníbal, que está de espaldas sobre la cama con las piernas estiradas y el rostro vacío. Mastica unas palabras que no sabe cómo decir, que no tiene por qué decir, porque este chico que lo mira con tanta ilusión no tiene nada más en común con él que el lenguaje del sexo. La luz del exterior no lo ayuda a orientarse en el tiempo, pero está consciente de que es tarde y de que quiere marcharse. Por eso le dice que mejor se va y que no es buena idea verse otra vez, y mientras se viste ante la mirada de decepción de Pedro, piensa en el abísmo existente entre ellos. Asume ser del tipo de personas afortunadas que nacen con un pase de acceso VIP a la vida, con un derecho vitalicio a hacer y deshacer, a ser quienes se le plazca, porque la belleza física y la vida que les tocó son la promesa de una existencia llena de felicidad y aceptación social. Lamentaba, tal vez un poco, que el caso de Pedro no fuera igual, porque podía ver en él algo transparente, cierta nobleza de espíritu que llamaba su atención. Sin embargo, aquellas cualidades no eran suficientes, así que –sintiéndose un tanto culpable- decidió salir de la casa diciéndole a Pedro tú sabes que no funcionaría, somos muy diferentes. Chau, cuídate.

Fue al living, miró las vírgenes por última vez sintiéndo escalofríos y salió para volver a su casa, para no ver más a aquel ser que observa el mundo desde el mirador opuesto al suyo.










II.                  P a r a n o i a

Un kimono negro y un ramo de nomeolvides. Es su mamá que regresó de Shibuya. Es su mamá caminando por el bandejón central de la ciudad, cualquier ciudad. Es su mamá cruzando la calle temeraria, a punto de ser atropellada. Es ella quien le hace señas sin dejar de sonreir. Es ella que le dice ven ven, ven ahora, pero Aníbal no puede moverse ni acercarse al centro de la autopista, a pesar del camión que se acerca y del impulso que siente de rescatarla. Entonces, justo cuando el vehículo la arolla, abre los ojos y todo está oscuro. Es su habitación, lo sabe, aunque no ve nada. Intenta moverse sin resultado, tal vez por el miedo que le produjo la horrible pesadilla. Sólo puede pestañar, respirar y ver a esas dos siluetas que están paradas en el marco de su puerta. Quiere gritar, pedir ayuda, despertar a Franca que duerme en la pieza de al lado de la cocina y preguntarle si puede dormir junto a ella porque tiene mucho miedo. Pero no, porque es imposible, porque la voluntad que tiene sobre si mismo no es suficiente para ponerse de pie. Las siluetas caminan lento hacia él, lo rodean, observándolo con sus rostros inexistentes. Aníbal llora y emite quejidos ahogados en su propio llanto. Opta por cerrar los ojos, esperar lo inevitable, y –anestesiado por el terror- vuelve a dormir otra vez.

***
Han pasado ocho días desde su encuentro con Pedro y siete desde que tuvo la pesadilla de las sombras, suficiente espacio como para que su mente colapsara entre pensamientos delirantes e ideas absurdas. Además, con tanto tiempo sobrante de su año sabático, le es imposible dejar de elucubrar sobre lo sucedido. Cree ser víctima de un hechizo o brujería relacionada con esas vírgenes, las posibles causantes de los problemas de salud y malestares que lo han aquejado durante la semana.

Se levanta con un agudo dolor en las piernas y se mira en el espejo, al igual que cada día. Busca nuevas líneas de expresión, manchas en el rostro, algún exceso de grasa, pero no halla nada nuevo. Utiliza el espejo-lupa del baño para ver con más detalle bajo sus ojos. Bolsas culias, parezco cualquier cosa.

No todos los días se amanece con ganas / estoy feo L, tipea desde su teléfono para acompañar una nueva foto en Instagram, tal vez la primera o segunda que se toma él mismo sin polera. En los próximos minutos, sus 10 mil seguidores debieran apoderarse de su página, llenarla de piropos, de invitaciones a salir, de halagos por su belleza, por su físico envidiable, por su peinado medio ochentero o por la falsa espontaneidad de las tomas. Pero nada de eso ocurre, porque en una hora sólo ha recibido 90 likes. Nervioso, revisa su teléfono sin saber qué hay de malo en su captura. Tal vez fue el filtro que le da un aspecto demacrado, y por eso mismo su amigo Andrés posteó risas y un emoticón, para burlarse porque se ve mal. Y Pedro, ¿por qué Pedro no da like a mi foto? Enseguida entra a su Instagram, invadido por una excitación desconocida, y descubre que ya no lo sigue en esa red social ni en ninguna. Pedro lo eliminó de todo.

Decidido a encontrar respuestas, se concentra en la labor de dar con pistas que lo ayuden a aclararse. Ve las fotografías de Pedro, a sus amigos, los lugares que frecuenta, y todo le parece tan lejano, como si las páginas de la red social le mostraran cómo es la vida en otro planeta. Aún así, siente que lo que ve es cierto, una persona que no maquilla su realidad tanto como el resto de los comunes.

Desde su punto de vista, la mejor forma de solucionar el problema es acercándose a él siendo amistoso, así que, sin pensarlo demasiado, envía a Pedro un mensaje por WhatsApp.

Aníbal: ¿Te tinca una junta?
Pedro: Pense que no queriai verme mas.
Aníbal: Cambié de parecer.
Pedro: Es que no es tan llegar y llevar.
Aníbal: La vamos a pasar bien.
Pedro: Donde nos juntamos?
Aníbal: ¿Dónde quieres juntarte, loquillo?

***
Aníbal camina por uno de los senderos principales del Parque de los Reyes, sin saber bien en qué parte lo espera Pedro. Le dijo que casi al final del camino, a la altura de los tajamares y a un costado del Mapocho, pero su GPS no sabe dónde está ese lugar.  Evita apurar el paso por miedo a sufrir un nuevo episodio de tos -ya van tres en lo que va de la tarde-, aunque si fuera por él, correría sólo para solucionar el asunto cuanto antes.

Hola, te estaba esperando. Es la voz de Pedro, que está sentado sobre uno de los antiguos tajamares abandonados en el camino.

-          ¿Te costó mucho llegar? Sabía que te ibas a perder.
-          ¿Por eso me hiciste venir hasta acá? ¿Para que sufra? –responde Pedro acercándose a él sin poder ocultar su molestia.
-          Ya, ya, ya, déjate de dramatismo y siéntate aquí conmigo. ¿Una cerveza?

De un salto, Aníbal queda sentado sobre la superficie porosa, al lado de Pedro, y aún no recibe la cerveza.

-          ¿Qué pasa? ¿No quieres cervecita? ¿O pensai que le puse droga como en las películas? Musho rollo…
-          Ya, si no es eso -miente-. Lo que pasa es que he estado súper enfermo y estoy con antibióticos.
-          Enfermo de rico yo creo.

Aníbal siente el impulso de burlarse de Pedro por lo que acaba de decir, pero decide no hacerlo y termina por aceptar la cerveza. Y es que no sabe por qué, pero hay algo en él que le inspira cierta confianza. Tal vez su sencillez o la facilidad que tiene para despojarse del miedo o de la vergüenza sin importar quien esté enfrente.

Una vez cuando chico me quedé encerrado en la pieza de la casa vieja de un vecino, éramos bien amigos. Estábamos jugando a las escondidas o algo así. Parece que era la casa de su abuela. El punto es que filo, estaba yo ahí encerrado y no escuchaba a mi amigo. Entonces se me ocurrió acercarme a un closet, de esos roperos grandotes de madera, y abrí la puerta como medio asustado. No me voy a olvidar nunca: apenas moví las puertas salieron cientos, miles, ¡millones de bichos alados! Libélulas, polillas, mariposas, eran muchos, que se esparcieron por toda la pieza, sobre mi cuerpo, en todas partes estaban. Y yo no sabía qué hacer, me puse a gritar, porque los sentía ahí encima, en el cuello, en las piernas. Era el medio espectáculo, verlos volando libres por ahí y en todas las direcciones, pero eran demasiados, todo quedó tapado, ¡a mí se me tiraban encima! Me gustaría recordarlo como algo bonito, pero no puedo. Por eso es que me dan miedo.


Aníbal escucha con atención la historia de Pedro, intentando recordar la última vez que vio una libélula. Fue esa vez que andaba de paseo con sus padres antes de que se separaran, hace ocho o nueve años atrás, conociendo el Embalse Puclaro en el Valle del Elqui. Andaban en un Nissan V16, los tres, paseando por las calles y lugares emblemáticos de La Serena. Su papá todavía no lograba que su empresa de repuestos de autos se convirtiera en la flamante automotriz que era ahora.