Tuesday, June 14, 2011
madrugadas decisivas
Thursday, May 26, 2011
C
Wednesday, March 02, 2011
Boat Club
Friday, December 03, 2010
Nazaret

Lo acompañé, porque estaba seguro de que sería el momento perfecto para decirle cuánto lo amaba. Me dijo que iba a ser una noche entretenida, de esas de reventón. Le creí. También le creí que no me dejaría solo en ningún momento. Pensé en el soundtrack ideal para hacer de esas horas las más increíbles de toda mi vida. No lo escuchamos nunca, pero no dejó de sonar dentro en mi cabeza. Nadie dijo nada en el trayecto, porque no había nada que decir. Nos bajamos de su auto y prendimos un pito de marihuana. Miré las estrellas y lo único que deseé en ese instante fue poder besarlo mil horas. Nos drogamos y reímos juntos. Mi risa fue casi como un acto reflejo, pero la verdad es que nada me producía gracia. No, en realidad me producían gracia sus labios inquietos y su charla sobre el arte de Dalí. Me reí, porque su bigote era idéntico al que usaba ese pintor. Caminamos juntos, pero separados por cientos de kilómetros. Entramos a la casa abandonada y el terror se apoderó de mí. La gente estaba ahí parada, riendo, fumando, bebiendo y conversando sobre asuntos que no me interesaban en absoluto. Quise tomarlo de la mano y decirle que nos fuéramos, pero él ya estaba muy lejos bebiendo una lata de cerveza en una barra mal montada junto a un gran Cristo de yeso. Lo miré desde mi rincón, a un costado del hermoso árbol de navidad hecho con tubos de neón. Cuatro tipos vestidos de negro bailaban horrendas canciones de Grace Jones. Una mujer envuelta en latex me sirvió vino tinto en una copa para martini. Vino tinto, mucho vino tinto. Pensé mil cosas que olvidaba de inmediato. Las luces se reflejaban sobre él, que no dejaba de hablar con un hombre vestido de payaso. Me paré con mi copa y robé una botella que estaba oculta en una esquina. Caminé por un pasillo interminable, oscuro. El olor a humedad me produjo asco. Sentí como si caminara sobre nubes. Dos mujeres se besaban mientras un tipo de unos cincuenta años les tocaba las tetas. Apoyado sobre la pared pintada de negro cerré los ojos. Mi soundtrack seguía sonando, aunque esas nunca fueran las horas más incríbles de mi vida. Las dos mujeres gemían. Mis manos estaban sucias, las sentía sucias. Limpié mis manos con unos kleenex que guardaba en mi bolsillo. De pronto él apareció a mi lado y me besó en la mejilla. Me tomó por la cintura y me llevó a una habitación desocupada. Me besaba sin parar, pero todo lo que hacía me parecía completamente insustancial. Insustancial era mi cerebro también. Tarareó una canción de Prodigy y se cagó de la risa. La tararéamos juntos mientras nos fumábamos un cigarro a medias. Dijo que me amaba, pero no de la manera en que yo lo amaba a él. Corazón indómito, pensé. El mío en cambio es un corazón vacío, es un corazón acribillado por su actuar, por su indiferencia, por su mirada que nunca se cruzaba con la mía. Le grité que por favor se fuera, que no quería volver a verlo nunca más en toda mi vida. Se fue sin decir nada y me sumergí en los pensamientos más lúgubres que jamás habían estado en mi cabeza y pensé en las tontas canciones que escuché cada mañana mientras lo miraba sobre su cama tocando guitarra con los pies descalzos y las películas que me recomendó y lloré casi una hora mientras dos adolescentes drogados me preguntaban qué me pasaba y les dije que odiaba ese lugar y que los odiaba a ellos también y se fueron y quise regresar a casa y dormir mil horas sin saber nada de lo que pasaba afuera y vomité y también vomité mi sweater de rombos cuando caí al piso frío y manchado con vino tinto.
Me quedé dormido en el suelo, con el corazón hecho trizas por la traición y la frente destrozada por la copa rota sobre la que caí. Recordé a Cristo en la entrada. Yo también era como él.-
Thursday, December 02, 2010
Dedos pal' piano
Ayer fue uno de esos días en los que lo único quieres es que todos se vayan un ratito a la mierda y te dejen de huevear y de darte malas noticias. Tenía que mandar un reportaje corto por mail a mi profesora antes de las doce de la noche del lunes, pero como soy un irresponsable, no alcancé a hacerlo a tiempo y lo mandé el martes. Ayer en clases me dijo mirándome con sus ojos azules “me duele en el alma ponerte el uno, porque eres de los aplicados”. Le respondí con una mirada de entre ternura y lamento y ella simplemente no me dijo nada. El uno iba seguro, así que la carita la hice en vano.
Unas horas antes, un profesor me estaba entregando un tres mientras se reía en mi cara, porque no había ido a la clase en que se dieron las intrucciones para hacer el trabajo. Estaban pisoteando mi moral frente a mis narices y yo seguía poniendo carita de pena. Llegué a la casa devastado e intenté pasar mi pena comiéndome tres panes y dos barritas de chocolate. Me vi engullendo desesperado y deseé que alguien estuviera frente a mí para que hiciera una arcada y me dijera que era un gordo patético, pero como no había nadie que hiciera eso por mí, seguí comiendo.
En la noche lloré un rato y al mismo tiempo me maldije por haberme venido a Santiago, por haber elegido estudiar Periodismo y por ser un porrito de lo peor. Me costó dos horas quedarme dormido y mi sueño duró sólo seis horas. Oye, pero no crean que mi historia es un melodrama, porque nada que ver. Hoy desperté mejor y lo primero que hice fue encender el computador para revisar la Pauta UPI, ese papelito que reciben los medios de comunicación para cachar dónde está la noticia. Y había un evento en el Palacio de La Moneda, una premiación que realizaba CONACE a la gente que más prevenía que los drogadictos siguieran metidos en las drogas. Ése evento me tincó.
Me duché rápido y partí al asunto, consciente de que meses antes (y un par de veces) ya había ido a huevear al hall de La Moneda sin lograr que me dejaran entrar a reportear. Al fin y al cabo, sólo soy un estudiante de Periodismo mal afeitado que anda mostrando su humilde credencial de prensa impresa en un papel barato y con una fotografía pegada en la que parece integrante de Illapu, ¿por qué me iban a dejar pasar?
Me hicieron esperar un rato. La recepcionista hacía llamadas a todas las oficinas del lugar, porque no tenía idea de quién estaba realmente a cargo de la ceremonia de la institución para los drogos (ya pues, déjeme pasar, gordis y te juro que te digo que el rubio te queda la raja, aunque te veas como las reverendas hueas). Me pidió mi cédula y me dejó pasar. Yo le sonreí agradecido y no le dije nada de lo que se me había ocurrido. Nunca tan patero.
Ahí estaba, en medio de La Moneda, ese lugar que siempre veía cuando pasaba por afuera, en la micro (que ni siquiera sabía donde tomar y a la que muchas veces me subí pensando que iba a un lugar al que, en realidad, no iba). “La ceremonia tendrá lugar en el Patio de las Camelias” me dijo un paco y lo único que pensé en ese momento fue en lo cursi que eso sonaba y en lo muy de viejamenopáusica que me resultaba. Me quedé parado como un imbécil esperando a que dejaran pasar a la prensa al mini patio donde iba a ser el famoso evento. Un cuarteto de huevones del Canal 13 hablában de mujeres ricas y tiraban tallas típicas de un happy hour de oficinistas.
Me acerqué a una gorda con polerón de estrellas a preguntarle sobre la ceremonia y, mirándome con una cara de mierda, me respondió que no sabía. Ella también tenía credencial de “prensa invitada”, así que estábamos en igualdad de condiciones. La gorda estrellada era bien mala onda como para no ayudarme en una de mis primeras salidas solo a reportear un evento cuático. Me senté un rato a esperar que nos dejaran pasar, comiéndome las uñas como estúpido y anhelando tener un cigarro para pasar la ansiedad.
Caché que la gorda estrellada se paró para entrar y la seguí (pero de lejos, porque temía por mi integridad física). Otro paco me pidió la credencial y, por fin, logré llegar al lugar de los hechos. Había un mix de gente: políticos, alcaldes, viejas culias, periodistas de universidad privada, gente de la Teletón (?), entre otros. Me extrañó no ver a ningún drogadicto metido entre medio, ojeroso y angustiado por conseguir algo de pasta base; le hubiera dado más dramatismo al asunto. Prendí la grabadora de mi sencillo celular, mientras los rubiecitos que me rodeaban sacaban su blackberries. Ya era hora de trabajar.
Terminado el evento, caché que una de las periodistas rubias se acercó a hacerle unas preguntas a la Alcaldesa de Recoleta, una señora alta, vestida media hippie e igual bien regia. Imité a la blondie; saqué mi celular y me puse a grabar mientras pensaba en qué preguntas hacerle. La periodista le hacía miles y yo aún no participaba en el diálogo. Entonces me metí entre medio y empecé a preguntar hartas cosas bien atinadas. Después de todo, no estaba tan mal al parecer.
Salí de La Moneda con una sonrisa. La mañana de hoy me arregló el caracho. Quizás esté semestre no ha sido el mejor en lo que respecta a desempeño académico, pero me di cuenta de que si “tengo dedos pal' piano”. No la cagué al meterme a estudiar Periodismo, yo cacho.-
Wednesday, July 15, 2009
fragmento/
Destinos / DesatinosComíamos papas fritas en un local de lo peor, con olor a aceite quemado y grasa pegada en una pequeña vitrina quebrada. Mientras la Andre me hablaba, yo intentaba concentrarme en su crónica sobre su noche en una disco en la que la gente jalaba hasta la sal que había encima de los mesones, pero se me hacía imposible con el irritante sonido de las papas friéndose en las sartenes insalubres. En medio de su bla blá, no pude evitar ponerme a mirar el techo y las particulares figuras que se habían formado en él con el vapor grasoso que emanaba de la cocina a gas. Pude distinguir caballos y sirenas un tanto difusas. Cuando volví la vista a mi amiga, ella se marchaba indignada por el poco interés que había mostrado en su historia que ya me sabía de memoria. Corrí a buscarla, temiendo que decidiera marcharse sola a su hogar con esa mini falda, que más bien parecía cinturón, y su minúscula polera denominada por ella "súper chic", pero que para mi gusto resultaba un tanto estrafalaria. Era tarde: Andrea se subía a un taxi a las cuatro de la madrugada y yo casi lloraba imaginándome a mi Andre siendo violada en la parte trasera de un vehículo por un conductor con aliento a cereveza barata y con un diente de oro. Tomé aire y por un instante eliminé de mi mente todo tipo de situaciones creepy. Una imaginación como la mía podía desencadenarme una crisis de pánico o un frustrado intento de robar un auto a alguien para rescatar a Andrea. Prendí un cigarro y bajé la avenida para regresar a casa. Mi billetera de ren&stimpy se había quedado en la cartera de mi impulsiva amiga, por lo que tomar un taxi no estaba dentro de mis posibilidades. Caminé raudo, escuchando una canción de Pearl Jam que días atrás Carlos había puesto en mi pendrive, luego de vaciarlo, esperanzado en que pudiera gustarme ese grupo lo antes posible y así acompañarlo al concierto que darían semanas después. Fue en eso cuando, al ver por el rabillo de mi ojo, noté que alguien me seguía. Mis piernas comenzaron a caminar más rápido y mi mente sólo pensaba en lo que pasaría en unos segundos más: quien fuera que me seguía, robaría mi chaqueta de cuero que había comprado con mis ahorros de tres meses y luego me apuñalaría por haberme resistido al robo, dejándome con severas heridas cortopunzantes que me tendrían en el hospital por tres semanas, con ayuda psicológica por el terrible trauma producido y viendo programas de ayuda a la comunidad en un televisor de catorce pulgadas, deprimiéndome en un pabellón común sin cortinas separadoras. Mientras imaginaba el triste final de mi noche de juerga, quien me seguía tocó mi espalda con un dedo. Me volteé y estaba ahí un hombre alto y delgado, de unos veinticinco años, usando un holgado polerón negro con una fotografía de Janis Joplin estampada. Su largo pelo, de indistinguible color por la oscuridad de la calle a esas horas, cubría uno de sus hojos. Sus jeans estaban rasgados en ambas piernas y sostenía un cigarrillo apagado a la mitad. Sin saludarme, me preguntó si tenía un encendedor...
Thursday, July 09, 2009
fragmento/
(Des)esperada-Bienvenida a casa, hermanita.
Estoy sentada en una silla de madera, muy vieja al parecer, porque cada vez que intento acomodarme, cruje. Observo a mi padre: está convertido en un dócil y amable septegenario que no hace más que hablar sobre la II Guerra Mundial y fumar cigarros baratos. Mi mamá lo mira riéndose de todo lo que dice, celebrando su ironía al momento de alardear sobre sus conocimientos históricos. Renata se acerca y pone frente a mí un plato con una rebanada de la torta que compré camino al pueblo. Bruno, mi insoportable tío, me mira directo a los ojos.
-Si hubieras llegado un poquito más temprano, Nico, de más alcanzabas a comer un poco del pollo apanado que cociné -me dice mientras se limpia con la mano un poco de yogurt que le quedó en el labio-. ¡Si vieras lo rico que me queda!
Le respondo que soy vegetariana, pero que si no lo fuera, comería gustosa su famoso pollo. Sé que ama lucirse frente a la familia y siempre desea ser el centro de atención, así que sólo río de la manera más natural posible cuando intenta hacerse el gracioso, evitando gatillar cualquier evento que rompa la aparante tranquilidad que se ha logrado hasta ahora.
Intento concentrarme en comer, pero los cubiertos estan mal lavados. El aceite -probablemente del grasoso pollo que mi familia devoró sin esperar a que me presentara en la reunión- se desliza a través del tenedor. Siento nauseas y deseos de escapar de aquí, de volver a mi departamento y y olvidarme de este horrible día y de todo lo que me espera. Me disculpo y camino rápido al baño. Lavo mis manos meticulosamente. Cómo odio esta casa. Veo óxido y hongos en todas partes. Intento no tocar nada. No quiero llorar. Pongo papel higiénico sobre la tapa del inodoro y orino. Busco un espejo de mano en mi cartera. Aquí estoy de nuevo, esperando que algún evento inesperado me salve de la realidad...
Monday, June 15, 2009
Hope or desire.-

No sé si es posible no desear. A veces estamos verdes de envidia, gritando por conseguir lo que parece inalcanzable y que muchos quizás ya obtuvieron sin demasiado esfuerzo. Andar con la cara larga larga y con un humor de mierda claramente no es el antídoto para combatir esta terrible epidemia. Bueno, creo que estoy exagerando, pero con fundamentos, ya que fui afectado por la enfermedad de los deseos. Es casi patético ver cómo he dejado de lado un millón de cosas buenas (como dijo Quique Neira... que me carga) por culpa de una mente sobrealimentada con sazonados deseos, muchos de ellos empalagosos (no quiero escribir absurdo en esta parte). Antes, mucho antes de entrar a la universidad, mi mente era esbelta, inversamente proporcional a mi anatomía (JÁ). No tenía una mente brillante, hay que decirlo, pero sí una mente creativa, una maquinita de buenas ideas que de vez en cuando destellaba por unos pocos segundos.
Cuando se termina el colegio, muchos hologramas desaparecen ràpidamente y es posible ver, por primera vez, cómo funciona todo allá afuera. Y suena como si hubiera vivido en una burbuja durante ese período porque, de hecho, así fue. No me atrevería a decir que a mis diecisiete años de vida ya lo había visto todo ni que acumulaba años de experiencia y conocimiento. Cuando abres los ojos por fin, una avalancha de realidades te aplasta e inevitablemente, comienzas a comparar unas con otras y especialmente la propia con las de los demás. Un día a la Macy Gray le dijeron: the grass is much greener on the other side y me pareció tan cierto.
Dejé de escribir, de salir a tomar fotos y me encerré en mi casa anhelando cada día más poder cumplir todos mis deseos. Las velitas de la torta de cumpleaños no hicieron mucho por mí y las maldije todos los días. Desmotivado con todo y con todos, me sobreestimulé con televisión, películas y series, y terminé convertido en un verdadero couch potato. Pero un día, no hace mucho tiempo, hice una limpieza mental y unos pocos deseos, los más banales tal vez, terminaron saliendo de mi cabeza y dejando un pequeño espacio en el cual muchas piezas aún no terminan de reordenarse. Los más grandes siguen ahí, pero a diferencia de los otros, éstos pretenden ser cumplidos y, al fin y al cabo, aún me queda mucho tiempo para poder concretarlos. Qué onda, tengo sólo veinte años. No soy un pendejo, pero tampoco estoy en el crepúsculo de mi vida. Hay tiempo de sobra, creo.-
Tuesday, September 23, 2008
Fixing true.-
La fe es buena. I guess
Y llené de post-its con "I GUESS" en toda la habitación.-
Sunday, August 10, 2008
Noches (vacías).-

Camino hasta mi casa mirando el cielo. No hay luna, o sí hay, pero no quiere salir porque hoy es una de esas noches en las que es mejor quedarse encerrado en casa viendo películas y comiendo palomitas de maíz.-
Thursday, July 31, 2008
( claro ) .-
Temgo diecinueve años y no sé... brígido todo.-
Monday, July 28, 2008
No me lo merezco.-
Cosechas lo que siembras; la típica. Sólo espero no terminar comiéndome todas las mierdas que he sembrado.-
Monday, July 21, 2008
Aquí no.-
yo lo sé.-
Sunday, July 13, 2008
amor es ciencia.-

Mi pijama de oso rojo contrastaba con la polera gris que siempre te presto para dormir. Los dos estabamos ahí, quizás cada uno pensando en su propia vida ( individual ) y dejando de lado por un segundo la vida que hemos empezado a vivir hace un tiempo atrás ( juntos ). Tú y yo, como el tiempo y el espacio reducidos en su mínima expresión, rodeados de artefactos domésticos y mi absurdo pijama de oso. El sonido del hervidor, las moléculas de la miga de mi pan haciendo explosión por culpa del fuego y hasta nuestras respiraciones parecían querer romper el equilibrio que en esos momentos amenzaba con esfumarse frente a cualquier estímulo.
Entropía. Mi profesor de Informática nos decía que la entropía es la tendencia de los sistemas a desviarse hacia el caos. Tal vez nosotros somos un sistema en pleno proceso de retroalimentación, por lo que es lógico que cualquier estímulo podía producir un momento de caos. Y ahí estabamos a punto de caer en desequilibrio. Bastó con que dijera un par de palabras para que comenzara la primera discusión del día. Ni siquiera nos miramos a los ojos para saber que estabamos enojados. La energía acumulada comenzó a salir por nuestras bocas a borbotones. El ambiente fue entrando en calor y nuestra pequeña pelea comenzaba a transformarse en grandes acusaciones y reproches sobre el pasado.
Silencio. Como si nuestro big bang, ese momento de infinita densidad hubiera expandido toda la materia hacia nuevos universos. Esa energía contenida se había liberado y mientras me daba vuelta para mirarte de la peor forma que mis músculos faciales permitieran, mi mandíbula dejó caer saliva, haciédome sentir humillado por unos segundos. Risas y miradas de alegría. En ese instante inmediato de la gran explosión se unía un universo con otro, tú y yo, uniéndonos en un abrazo, porque para que haya un nuevo equilibrio, debe existir primero el caos. Entre tus brazos, riéndome y besándote, no sabía de qué manera te amaba, sólo sabía que lo hacía de alguna manera ( o de muchas ).
(o de todas).-
Sunday, June 08, 2008
Tregua.-
Wednesday, June 04, 2008
Olvidándote.-

Fernanda, ni siquiera leeré tu mensajito. La Orne me hace feliz y, pensándolo bien, ¿quién necesita de ti?.
Qué bestia eres.-
Saturday, April 26, 2008
50.-
qué huevada más tóxica.-
Sunday, March 30, 2008
epílogo.-
Friday, March 21, 2008
capitulito.-
Prendiste el televisor y ahí estaban las torres gemelas desmoronándose. Mientras me tapaba la boca horrorizado, tú te cagabas de la risa.-
Wednesday, March 12, 2008
(des) esperada.-

Sentada en el púlpito de la iglesia en la que se había casado hace siete años atrás, Antonia pensaba en todos los años de vida que había perdido. En medio de sus reflexiones, llegaba a la conclusión de que no necesariamente tenía que catalogar ese gran lapsus de tiempo como una "pérdida", sino más bien como una lección de vida y hasta como una prueba de su fortaleza y madurez. Una hora atrás, mientras bebía una café en el barrio Lastarria, su mejor amiga se encargaba de decirle que había visto a su marido con otra mujer saliendo de un motel la noche anterior. No fue un momento fácil y su acompañante lo había hecho aún más complicado; disfrutó cada palabra que dijo, como si contarle tal fatalidad le produjera un gran placer. No podía juzgarla, Macarena era su amiga y desde que la conoce ha disfrutado con la desgracia ajena y los rumores malintencionados. Además, era mejor saberlo en ese instante antes que seguir haciendo el ridículo. Cuando terminó de oír lo que relataba, Antonia no preguntó nada, sólo exigió discreción para luego irse excusándose en que tenía algunos trámites que hacer. Caminó lo más rápido que pudo, mientras se obligaba a sí misma a no llorar. Su mirada se concentraba en el ir y venir de su falda gris tableada, que le recordaba el movimiento de los barcos en altamar. Ya dentro de la iglesia, logró encontrar un poco de tranquilidad, que de vez en cuando se vió interrumpida por la frialdad del sitio y sus aires góticos nada alentadores. Aún estaba sorprendida por la forma en que la noticia la había afectado. Su mente más de alguna vez había desarrollado catástrofes imaginarias similares a lo que había sucedido y su forma de reaccionar en ellas era bastante dramática y descontrolada, nada similar a la manera en la que actuaba ahora. ¿Cómo no se dió cuenta antes?. La pregunta daba vueltas en su cabeza y la ansiedad comenzaba a devorar la serenidad que había alcanzado. No quería dejarse invadir por sensaciones molestas que después pudieran jugarle en contra. Si algo iba a conservar en medio del desastre, sería la calma. Su forma de ser siempre se ha caracterizado por el optimismo y eso no tenía que cambiar a causa del engaño de una persona. Corrió por el pasillo de la iglesia hasta salir a la Avenida. La encadiló la luz del abochornado día y una atmósfera grisácea le devolvió un poco de paz. Se acercó a una heladería y pidió un enorme helado de chocolate. La vista desde esa terraza era privilegiada y a ella le parecía reconfortante. Por un instante pensó en hacer como si nada hubiera pasado frente a su marido y su familia, pero en seguida descartó la idea. Sus hijos eran bastante grandes como para comprender lo que había sucedido. Ella no tenía mucho que hacer, al fin y al cabo, su cónyuge era quien había cometido el error y él mismo sería quien tendría que enfrentar el desprecio de la familia más adelante. Terminado su helado, pidió la cuenta y al mismo tiempo prendió un cigarro. En la bandejita de plata para las propinas puso su anillo de matromonio. -Todo proceso debe tener un fin- se dijo mientras apagaba la mitad del cigarrillo sobre el cenicero. Caminó tranquila por la vereda, pensando en panoramas entretenidos para el fin de semana. Un viaje fuera de Santiago y visitas al teatro eran ideas que le resultaban fascinantes. Cruzó la calle y se perdió en medio de las personas que veían el show que realizaban unos hombres tragafuegos. La ciudad, sin duda, estaba más efervescente que otros días.-

