Monday, December 25, 2017

Mi Pascualina / Día 5: el espejo

me regalaron un espejo para que me viera en él y pensara en lo que tenía frente a mí. sentí que el ejercicio era algo estúpido, así que no lo hice. y ya han pasado tres días y aún no lo hago, así que ahora creo que en realidad me da miedo hacer esta cosa y que mi subconsciente está manipulándome de alguna forma extraña para evitarlo. tal vez lo haga en un rato y entre en pánico cuando odie todo lo que vea. o quizás llore al descubrir cosas muy lindas y bacanes y conmovedoras. y entonces mañana, después de reflexionar sobre el ejercicio, me sentiré súper avergonzado por haber entrado en este tipo de dinámicas. o, en un caso opuesto, podría convertirme en una de esas personas devoradoras de libros de carlos cuauhtémoc y que gastan todo su dinero en terapias alternativas. y de ser así, ¿a quién le importa? sólo a mí, no sé por qué. no sé por qué me importa en qué o quién me convierta por mis acciones o lo que pueda proyectar hacia los demás. así que filo, vamos con el espejito, porque en serio muy en serio debo dejar de juzgarme a mí mismo todo el tiempo.-

Thursday, December 21, 2017

Mi Pascualina / Día 4: la expiación

su silueta se diluye de madrugada entre las sombras del parque. avanza silencioso por la ciclovía junto al río. del otro lado, bajo la carretera, hombres abrigan sus manos en una fogata improvisada. apenas los distingue a lo lejos, como el espejismo difuso de ruinas urbanas. el silencio se quiebra entre quejidos de agua que aceleran su paso. sin nociones definidas de tiempo y espacio, se aferra al propósito final de su odisea. es aquello lo que lo impulsa a llegar hasta allí sin importar nada más en absoluto. convertido en un animal indómito otra noche, se deja guiar por los destellos de sus propias pulsiones. el peligro que lo acecha, instrumento de venganza.

horas antes, cuando la luz invadía todo, conversaba con un hombre inexpresivo de edad indeterminada. estaban sentados en uno de los salones de la casona de barrio brasil. una mujer desnuda cantaba una canción de Debbie Harry alrededor de un árbol de plata. el hombre le servía más y más vino blanco y jamás lo miraba a los ojos. le habló de la nueva raza que llegaría a la tierra el próximo año bisiesto. seres gigantes de ojos redondos que complementarían la raza humana. le dijo que se apoderarían de nosotros antes de que fuera demasiado tarde. que traerían consigo aparatos de platino y piedra lunar capaces de restablecer nuestra moral. la extraerían como enfermeras que con agujas extraen sangre de nuestras venas. sacarían la sustancia-moral para liberarnos, curarnos de este mal que nos aqueja. sólo así salvarían al mundo.

entonces él camina de noche por el parque pensando en la moral paralizante que se reduce en el alcohol que circula por sus venas. se venga, sin saberlo, desde el pozo más profundo de su mente confusa. más allá, entre los tajamares, alguien lo observa. va hasta allá pensando en las infinitas posibilidades circunstanciales que de pronto lo rodean. y la moral se esfuma con el viento cálido. y podría también esfumarse su vida en tan sólo un segundo y habría un único y gran culpable. el hombre aparece frente a él y lo observa. lleva una mano a su entrepierna y espera a que se acerque más. lo suficiente como para tomarlo del cuello y estrangularlo durante unos segundos. se excita y el hombre ahora lo besa con violencia. la barba raspando la carne blanda de sus mejillas. una sensación de placer que podría extenderse hasta el infinito. puede ver la imagen de un ser en algún otro lugar del país, dentro de una casa viendo un programa de televisión abierta. baja el cierre del pantalón y pone la carne alargada afuera. masturba al desconocido y piensa en mañana, en otro día en que la venganza se haga efectiva, cuando el hombre que ve televisión en una casa lejana se arrepienta hasta las lágrimas por cada una de sus acciones. va por más y más.

Tuesday, December 19, 2017

Mi Pascualina / Día 3: la ilusión

Después de clases nos vamos a un bar a beber cerveza. Les cuento sobre mi nueva idea, un cuento loco que se me ocurrió una noche fría en primavera. Opinan que está bueno, que siga con ese argumento porque algo podría salir de ahí. Nos reímos los cuatro y a ratos siento que somos especiales y talentosos. El líquido frío en mi garganta me alivia, me da una extraña seguridad. Y también estar con ellos y sentir que hay algo que sale de mí que tiene una razón de ser y que se conecta a una razón madre de existir. Estamos inquietos y H me dice que vayamos a bailar. Así que nos vamos ambos a bailar y estamos excitados y sabemos que ya llegará nuestro turno. Todos queremos brillar, me dice. Nosotros vamos a brillar, yo lo sé. Porque si no es en esto, no será en nada más. No soy bueno en nada más. Ni siquiera sé si en realidad lo soy en esto. Quizás H y A y M lo dicen para no hacerme sentir mal. Podría ser una paranoia o una verdad absoluta que soy incapaz de reconocer. Pero ahora no importa. Ahora somos dueños del mundo y de lo que tenemos en nuestros puños, que agarramos con fuerza para que no se nos escape. H golpea a un hombre y le vuela un diente. Me estoy riendo sin parar y un desconocido nos ofrece cocaína no sé por qué. Bailamos música que odio y llega la mañana y H busca pleito con borrachos en Bellavista. Vamos por desayuno y alguien me llama. Mi cuento es finalista y será publicado. Reprimo el llanto y disfrazo la euforia de borrachera AM. Me siento como dentro de una ola gris, aterciopelada y gigantesca.

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El mismo álbum de Ta-ku en loop todas las noches me ayuda a concentrarme. Una mujer está sola en su cabaña en la playa y escucha una explosión a lo lejos. Dos horas después, en la orilla del mar, aparece un hombre empapado e inconsciente. Esta imagen me fascina y quiero relatarla. Voy a explicar la historia de la mujer y el hombre del mar. El Hombre del Mar. Creo en mi historia aunque no sé adónde va. Pero creo esta vez, creo en lo que está saliendo desde mi interior y sigo concentrado en que no se esconda en algún rincón. Entonces mi cuerpo habla. Fiebre, escalofríos, vómitos. Debo apagar el computador y dormir. Estoy sudando helado y la mujer de la cabaña se ve como un punto muy a lo lejos. Y es de madrugada y de mañana y tarde y de noche me siento igual. Vomitar y fiebre. Un doctor me revisa y piensa que está todo en orden, que esté tranquilo. Pero la opinión del doctor no importa cuando tengo acceso liberado a Google o cuando el color de mi piel se torna ocre. Nada importa cuando sé que hay algo mal en mí. Caminar a oscuras sobre pavimentos resquebrajados. Mirar al futuro inmediato y sentirme frágil y pequeño e insignificante. Temo perderlo todo y que tanto de pronto sea nada. El tiempo se acaba, se acerca febrero y aún hay mucho que hacer. Pero no hay energía ni para subir la escalera del laboratorio. Pinchan mis brazos una y otra vez, tres días seguidos, y estoy siempre en ayunas y me siento mal. Desde esta ventana veo las cabezas sudorosas atravesando San Antonio. Tantas cabezas que circulan en alguna dirección calcinándose bajo este sol del casi-verano. Me llama una enfermera y me pincha una vez más. Tendré fobia a las agujas y a las ilustraciones Sarah Kay con mensajes religiosos que atestan las paredes. Nada tiene forma ni límite.


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Mamá se ofrece a viajar y le pido que no lo haga. Me cuidará L y su madre y su familia. Viviré con ellos mientras me recupero en no más de dos semanas. Sí, dos semanas y estaré bien, podré seguir con mi vida y mis planes y con El Hombre del Mar. Y también me voy a despedir de todos mis amigos, aprovecharé cada noche con ellos antes de que llegue la fecha límite. Y en diciembre viajaré con mi familia, viajaremos, porque aún falta un mes y me voy a recuperar luego, lueguito. Las vacaciones que hemos planeado, la Navidad en Edimburgo y las estúpidas entradas que compré para ver a Lady Gaga en Palau Sant Jordi. Nadie me va a arrebatar esto, no hay derecho. Esto es mío, me pertenece. Pero están pasando las semanas y las infusiones no surten efecto y mis ojos son como dos trozos de pato. Y estoy flaco y ojeroso. Los exámenes no muestran avance alguno, pero me convenzo de lo contrario, porque ya no hay tiempo. Visualizo a la Virgen de Andacollo cubierta de flores y mantos inmaculados. Me podría ayudar aunque jamás creí en esas cosas. Pero tal vez sí, el poder de la fe, recuperar mi salud y traer todo de regreso antes de arrancar otra hoja de calendario. Project Runway, The Sinner, Big Mouth, Clarence, RuPaul, Haibane Renmei y hasta American Horror Story. Estoy débil y ya nadie llama por teléfono. Sigo aquí con L y su familia, ellos me quieren. Pienso que tal vez busco un pretexto para victimizarme de forma inconsciente, como si estuviera enfermo de la cabeza y sediento de atención. Porque tal vez sí lo estuve alguna vez. Pero sé que no. Ahora estoy perdiendo tanto que hasta parece un chiste. No es una exageración. Las cosas se me escapan de las manos, se fugan como si apretara el aire. Así no debía ser. Y el doctor me mira con su cara de te-lo-advertí y lo detesto. No puedes viajar así, tienen que hospitalizarte. Lloro en silencio, maldigo a la la virgen y me avergüenzo de mí mismo. Me dan de alta esa misma noche. Pero sí, otro mes de reposo y estarás como nuevo. Otros treinta días en cama, dos meses menos de un año, el último año, mi año. Eutanasia, por favor.

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Día 42. Me avergüenza leer esto, pero siento que de alguna forma también me ayuda. Volví a La Serena. Madre y hermano me cuidan. Estoy mejor, mucho mejor. El color feo se ha ido gradualmente y ahora siempre tengo hambre. Creo que recuperé algo de peso en estos días. El viaje familiar lo haremos en abril, cuando ya me haya ido de aquí. Eso es un consuelo, saber que otro ciclo quedará cerrado-sellado. No más televisión ni redes sociales por un tiempo. Pinto mandalas en las mañanas, consciente de haberme convertido en uno de los personajes de mis cuentos. Ya no me importa. Hoy -esta entrada- es la primera vez que escribo desde El Hombre del Mar. No sé qué significado tiene, pero creo que releerlo en unos meses me dará ciertas nociones. Brújula textual o algo así. Y ahora me siento como en el primer día de clases, medio nervioso, medio muchas cosas, tal vez torpe y atontado. Casi casi listo. Queda poco más de un mes y veo todo con claridad. Los rostros son nítidos. Cada cosa tiene un sentido claro, definido e indestructible. El flujo que me llevó hasta este momento y que hizo de mí otro. Todo cambia tanto y tan rápido que me cuesta comprenderlo. Pero, después de todo, queda una sensación de optimismo que parece nunca acabar.-