
“Futurofóbia”. No puede sonar peor y me da cierto pudor usar una palabra así. Algún imbécil tuvo la ingeniosa idea de juntar dos palabras que dieron como resultado esta rareza sin mucho sentido, por lo demás. Eso es lo de menos, la ultilizaré ésta vez. Lo pensé dos veces, antes de escribirla, pero sí, sufro de esta nueva enfermedad. Me da pánico el futuro, así de simple. Me gustaría aprender a disfrutar más el presente, que vivir destruyendo mis neuronas mientras pienso en el futuro y fumo como condenado. No puedo estar más de cinco minutos sin pensar en lo que haré mañana, lo que será de mi vida en los próximos cuarenta años o si en tres días más mis padres seguirán vivos.
Pero eso es lo menos preocupante del asunto. Lo peor es que me aterra pensar en mi vida no-escolar-sí-universitaria. Quedan dos años y , claro, ya tengo visto lo que deseo estudiar. Hasta se ilumina el cielo cuando lo digo: P E R I O D I S M O. Se me viene todo abajo; carrera más que mirada en menos y que a mí me encantaría seguir. Pero, ¿qué se puede esperar, si cuando le digo esto a mi profesor jefe, él me responde que las carreras humanistas no sirven para nada?.Obvio, es un garrafal error y una ignorancia que se puede palpar, pero de todas maneras igual, en conjunto con otras cosas, me desaniman. De qué me sirve estar en un colegio de la elite en educación, con los mejores puntajes PSU (tiembla Ivo, tiembla), con profesores que por poco me hacen meterme bajo el escritorio para permitirme ir al baño (sólo exagero, por favor créanme), si habiendo terminado con todo esto, llegaré a una ciudad nueva y seré “Carmelo”, el huasito, el niño de provincia, el que vive en una pensión y se gasta su dinero en cocaina y como no le queda dinero, vive de leche en polvo y pan. Estas son las cosas que suelo imaginarme. Historias ridículas que no me ayudan mucho, historias dignas de ser escritas y que se podrían lanzar al mercado.
Me tengo confianza... no, mentira. Pero sí un poco de fe, y creo que puedo cumplir mis metas, o al menos lograr una de las mil cosas que deseo para mi futuro, hermoso futuro. Mi ambición me hace pensar en un alto edificio en Santiago, con un gran balcón, con empleadas, con una sección periodística en la nueva revista que los jóvenes modernos y del mundo urbano leen para seguir las nuevas modas. Hasta ahí todo bien, pero ya puedo ver mis 300 puntos en la PSU, mejor dicho en la de Matemáticas. Ya llevo en mi agenda escolar dos notas rojas, que rozan el burdeo (una lo es) y que por extrañas coincidencias de la vida están en el ramo de Matemáticas. Siempre lo digo : -odio los números-. No tengo uno de la buena suerte.
Se verá, se verá. Me intento tranquilizar un poco y vivir a concho todo esto. ¿Qué es esto?, pues una vida común, como cualquier otra, en la que no suelen suceder hechos increíbles, en la que no hay hadas madrinas, ni amores eternos, ni bodas de oro, ni conjuros mágicos, ni depresiones y estados anímicos bipolares. Mi vida es así, normal, divertida y aburrida a la vez y no puedo negar que soy feliz, pero podría serlo aún más habiendo cumplido mis metas. Creo que es eso lo que todos desean.
Se necesita un poco de todo para surgir, para llegar lejos. Quizás también se necesita ser buena persona. Pensando en esto, retrocedo un poco. Recuerdo muy bien un día en que estaba en el colegio, como en Séptimo básico. Tenía un compañero que era un chico rudo, de esos que se muestran ante todos como el macho. En un momento se me acercó y me dijo algo como – Nadie te pesca -. Nació rapidamente dentro de mí una rabia que no pude controlar y le dije sin pensarlo dos veces – y a ti no te pesca ni tu mamá -. Sentí mis labios moverse como para gestar una sonrisa irónica y lo miré directo a los ojos. Yo estaba conciente de los problemas familiares que él tenía y como era su madre con él, pero no me importó decirle eso, lo hice con mala intención y disfruté el momento. Se puso a llorar; todos mis compañeros se le acercaban a consolarlo y él no quería hablar. Nunca le dijo a nadie lo que había sucedido. Yo tampoco. Y ahí empezó todo; un largo historial que no se puede borrar, de bromas pesadas y comentarios sarcásticos. A veces los hago por inercia, de hecho la mayoría de las veces. No me creo una mala persona, para nada. Tengo valores y supongo que deben ser buenos y me servirán, pero peco de ser “desubicado”, como se dice ahora y creo que también se necesitan dedos de frente para continuar.
Nah, si yo también soy medio frágil y más que sensible. Son hartas las veces en que he necesitado de empujones para seguir caminando. Defecto o virtud, están ahí y espero que algún día me sirvan. Si no resulta así, debe existir alguna manera de eliminar ciertos caracteres que puedan sobrar.-