Wednesday, January 18, 2017

Las películas malditas

Sí, yo soy Gaspar. ¿Una entrevista? ¿Y para qué sería? Para el programa de investigación de 7Mundo... Mmm, a Apolo gustaba ese canal, tan cultural y cosmopolita, no como las otras huevadas de farándula que repletan la programación, o sea, de verdad vergonzoso. ¿Te parece si caminamos a las banquitas que están más allá? Sí, es que aquí cerca de la entrada de la clínica es como medio desubicado, por no decir que es una falta de respeto total. Además a mí no me gusta llenarme la boca con la vida de otras personas, es más que suficiente con la mayoría de los pelotudos que vinieron a despedirlo; casi todos hablaron pestes de él y jamás dejaron de aprovecharse de su éxito. De todas formas, con Apolo somos tan amigos que no puedo no participar de esta investigación, porque se tiene que saber la verdad alguna vez. Además merece ser reconocido como un gran cineasta, como el mayor representante del cine underground en Chile, porque no cualquiera puede jactarse de haber tenido una carrera tan reconocida en el continente como la suya. ¿Quién iba a pensar que el gordito con problemas de autoestima que se travestía iba a llegar tan lejos con sus ideas innovadoras? A mí jamás se me pasó por la cabeza.

Espérate, que si van a filmarme necesito arreglarme un poco, a la próxima traen a un maquillador o un buen foquito por último. ¿Cuándo va a salir esto? OK, sí, es que es un tema complicado hacer un reportaje de su legado sin la autorización de su familia, y eso va a estar difícil, porque su mamá es una hiena, lo único que quiere es sacar plata de todo este asunto de su muerte, llenarse los bolsillos con la historia de su hijo como lo ha hecho siempre junto al Robinson, porque ambos adoran el dinero. Oye, lo que te acabo de decir es Off the record, no grabaste eso, ¿no cierto? Excelente… Es que no corresponde, después la gente anda viendo cosas donde no las hay y no es la idea. Tanto chisme que se ha hablado de mi Apo.

Si quieren yo puedo hablar y hablar sin parar, por eso prefiero que me guien. Aunque sí, si es más práctico para ti eso, que te vaya contando un poco de nuestra historia, igual me resulta sencillo hacerlo. Lo que pasa es que yo pensé que era más como entrevista. En fin. Parto por los 90 pues, antes de “Virgen (post) Dictadura”, mucho antes de las películas que lo hicieron tan famosillo, antes de que apareciera Robinson a deformarle la mente y meterlo en todo el cuento de los niños, nosotros éramos vecinos y no precisamente en el sector divino de Puerto Montt rodeado de árboles del que Apo habla en su biografía autorizada y que decía lo había inspirado para escribir el guión de “Luciérnagas en el Desierto”. No, nada de eso. Él y yo nacimos en Lampa, en un barrio bien humilde y donde el toque de queda duró hasta entrados los 90 gracias a todos los delincuentes y volados que teníamos viviendo en el sector. Quizás por la mamá horrorosa que le tocó tener –y me da una pena terrible decirlo, porque si de algo uno tiene que estar agradecido en la vida, es de su mamá-, la verdad es que el Apolo estaba obsesionado desde niño con el dinero, la fama, con las mansiones y el lujo… Pura influencia de ella. Por eso mismo negó siempre sus orígenes, pero a mí nadie me va a venir con cosas: el Apolo venía de una familia de esfuerzo de la que siempre se avergonzó. Cuando se empezó a creer diva tenía como 15 años y le decía a todo el mundo que sus padres venían del sur, que su papá era un empresario exitoso al que veía muy poco porque se la pasaba subiendo y bajando de aviones. Tan inseguro que era de todo en su vida el Apo, me llega a dar rabia. Le encantaba decir expresiones como jet lag, shopping o new wave, creía que eso le daba estatus, y nosotros con la Zafiro –su hermana chica, que en ese tiempo tenía como ocho años- le decíamos siempre “de adónde tú, maricón patas con tierra”. Se emputecía. Entre nos., debo confesar que nos encantaba molestarlo, porque era tan estirado el huevón y se le olvidaba que nosotros lo conocíamos de toda la vida. Yo creo que leer tantas revistas de moda y cine lo hicieron creerse un cuento que era una fantasía. Aunque en todo caso no quiero que estas palabras se malinterpreten, él era mi mejor amigo pese a su carácter de mierda. Con la Zafiro lo aceptábamos, fuese arribista, despectivo o todo lo que el mundo diga. Lo amo y siempre siempre será mi Apo, mi Apolo Pérez.

Ha sido doloroso este tema del psiquiátrico y por lo mismo te voy a pedir que trates el tema con respeto, porque, sin ofender, ustedes los periodistas son bien inescrupulosos a veces. Pero bueno, ¿en qué estábamos? Ah, sí, justo ahora te lo respondo. En esos años, te estoy hablando principios de los 90, su mamá ya estaba metida en algo turbio, no sé si relacionado con drogas o prostitución, pero por ahí iba la cosa. Eso era lo que todos comentaban en la villa, no es que lo diga yo. Claro, ella se la pasaba diciéndole a los vecinos que era azafata, pero parece que no era tan así. Mientras la señora Zoila trabajaba de “azafata”, el pobre Apolo tenía que quedarse en la casa cuidando a la Zafiro, que era esquizofrénica y había que vigilarla día y noche porque estaba sin tratamiento y le daba por prender fuego a todo lo que encontraba en su camino. Muchas de esas noches nos juntábamos en su casa, yo llevaba cajas de madera para improvisar un escenario y hacíamos un show. Ya en ese tiempo Apolo registraba todo con una cámara que no tengo idea de dónde habrá sacado, pero era de esas con cassettes, grandotas y tan pesadas como cargar un elefante en la espalda. Estaba claro que era lo suyo el cine, contar historias, si hasta se pasaba las tardes enteras en las funciones de los cines del centro, donde veía películas sin parar y llegaba a la casa contándonos sobre Buñuel, Bergman y hartos de nombres raros, les prendía velitas. Y aunque a mí en realidad me daba una lata monumental acompañarlo a esas funciones, me gustaba escucharlo hablar con tanta pasión. Y como te contaba, montábamos un show porque nos encantaban ese tipo de juegos, nos olvidábamos del mundo y sacábamos todo el lado de artista que teníamos dentro. La Zafiro, que nunca tuvo un talento muy claro, le tocaba ser siempre la asistente del “set”, como le llamaba Apo a su living. Él le pedía que ordenara la escenografía, que lo maquillara, que hiciera esto y lo otro y la pobrecita le hacía caso en todo. Bueno, en realidad a ella siempre le faltó carácter, pero el Apo era terrible cuando no le hacíamos caso, así que no le quedaba de otra. Montaba pataletas feroces, se tiraba al piso a gritar como loco, perdía la cabeza y a nosotros nos daba miedo, por eso le hacíamos caso. Pero no nos desviemos; yo me encargaba de hacer el vestuario para él con una Overlock que le sacaba a mi mamá. Imagínate, en esos años yo estaba demostrando cierta facilidad con la creación. Algo me decía en mi interior que el Apo y yo íbamos a llegar muy lejos juntos, porque éramos dinamita. Entonces él se ponía unos vestidos preciosos que le confeccionaba con todo mi talento y le quedaban súper bien, a pesar de su sobrepeso monstruoso. Su favorito era uno blanco con cuello de tortuga que le hice, igual al de la Sharon Stone en Bajos Instintos. Se ponía el vestido y actuaba la escena de la pierna cruzada y después cantaba canciones de Depeche Mode con su inglés pobre. Ese es lejos el recuerdo más tierno que tengo de él, cuando nos moríamos de la risa viéndolo así, apenas le entraba la ropa, aunque te digo en serio, el vestido blanco le favorecía porque lo hice pensando en la forma de su cuerpo, qué te crees. Y recuerdo también una vez que la Zafiro le dijo guatona y ahí sí que se ofendió, le sacó la cresta y media a la chiquitita. Pero a lo que voy es que todo era muy en plan niños, adolescentes que soñaban cosas lindas para no tener que poner los pies en esas calles llenas de delincuentes. Así eran nuestros panoramas de esos años, cuestiones inocentonas, súper creativas. Fuimos artistas desde el comienzo. Y para qué te voy a decir pues, de la señora Zoila ni luces, mamá del año, dormía en la casa una vez a la semana, con suerte. Cada día la veíamos menos y cuando volvía, llegaba llena de alhajas y anillos y pulseras y hasta una vez con un auto, ¿no será mucha la patudez? No era nada tonta, ya hubiese querido yo un trabajo así. En todo caso, si algo bueno tenía la señora –que era bien regia por lo demás, no te lo puedo negar- es que ella no se sorprendía ni se molestaba con nada de lo que hicieran esos dos: las pocas veces en que se acordaba de ellos, volvía a la casa con regalos y mercadería, y màs de alguna vez descubrió al Apolo usando vestidos de mujer. ¿Tú crees que se molestó? Para nada, al contrario, ella sonreía y me acuerdo que incluso un vez se sentó a ver nuestro espectáculo. Estaba segura de que su hijo era talentoso, que iba a ser como Harrison Ford gracias a su talento infinito y a sus ganas de conquistar el mundo. Tal vez por eso el Apo quería tanto a su mamá, porque creía en él. Si al final fue la señora Zoila quien le sembró la semilla de la superación repitiéndole mil millones de veces que el mundo estaba hecho para quienes se las arreglaban solitos, y que él sí o sí iba a salir de ese barrio mugroso antes de lo que imaginaba.

¿Sobre su papá? No, de ese tema no sé mucho y probablemente nadie sepa detalles más que la señora Zoila que, obvio, quizás sólo revele la verdad cuando algún programa de televisión le ofrezca harta platita para forrarse más. Y mira, acuérdate de mí cuando suceda, porque se ha hablado un montón sobre la ausencia de la figura paterna en la vida de cada una de las protagonistas de sus historias y todos quieren saber qué rol jugó su papá en la película de su vida… En todo caso, si hubo alguna vez una figura paterna para él… fue el Robinson.

A mí no se me olvida el día en que la señora Zoila apareció con Robinson, este tipo rarísimo, canoso, sus casi dos metros de altura y un cuerpo como alargado y flacucho que daba miedo, medio extraterrestre. Verlo llegar a nuestra villa en su descapotable amarillo pato, envuelto en una túnica blanca onda Krishna fue de película. Todas las viejas asomadas en bata viendo como un hombre extraño se bajaba del auto junto a la señora Zoila, que ya llevaba un par de meses vistiéndose como actriz hollywoodense, despampanante. Se habló de todo, al tiro, porque una mujer como ella apareciendo con un gurú millonario… Era para dudarlo. Tiene que haber sido como en diciembre del 92, me acuerdo porque el Apolo y yo habíamos salido de cuarto medio y trabajábamos en un proyecto suyo, un documental sobre Abigaíl, un travesti de Recoleta que aseguraba ser una reencarnación de la Virgen María, que además era trapecista de un circo y que para más remate no dejaba de hablar sobre Augusto Pinochet, decía todo el tiempo que el infierno lo estaba esperando a él y a la Lucía. Usaba unas pelucas rubias que llegaban hasta el piso, literalmente, y tomaba pisco solo. Lo grabamos día y noche y lo vestimos con unos mantos iguales a los de la virgencita, y que Dios me perdone, pero los llenamos de lentejuelas moradas para hacerle unas tomas en lugares emblemáticos de la comuna. Me da risa acordarme de estas ideas que teníamos juntos, éramos una verdadera fuente de creatividad, inagotable pero es que feroz.

Perdona, pero a mí los pensamientos se me van para otra parte a veces, perdona. A ver… Entonces teníamos este proyecto de documental que trabajábamos, que estaba a medias y que te juro no sabíamos en qué iba a terminar, porque era una cuestión muy B, un trabajo muy sucio y espontáneo. Y esa tarde antes de Navidad llega la señora Zoila con el tipo en el auto, almorzamos juntos (aunque ella quería a toda costa que esa tarde me fuera a mi casa) y, como nunca antes, pude escuchar a su mamá tan interesada en lo que Apolo hacía. Robinson sólo miraba el plato, de eso me acuerdo, y la señora Zoila era algo así como su vocera: “Robinson quiere saber de qué se trata tu último documental”, “Robinson pregunta si puedes mostrarle eso en lo que estás trabajando” y bla blá. Ella hablaba por él, como si se hubiese estudiado antes una grilla de preguntas, y su voz… era extraña, parecía que otra persona dentro de su cuerpo la obligaba a decir cosas. No sé cómo explicarlo, es complejo. Sólo atiné a mirar a la Zafiro y la vi furiosa, como nunca antes, y como estaba media loquita esta niña, de pronto de la nada gritó algo que nadie entendió bien, pero sonó como “Te odio”. Sí, eso fue, un “te odio” que le gritó al Robinson durante el almuerzo en el que nos conocimos todos. Incómodo para morirse, creo que en ese momento me puse a mirar todos los muebles del living sólo para no enfrentar lo que estaba pasando. El Apolo se paró de la mesa y le dijo a su mamá que le dijera a Robinson si quería ver lo que teníamos listo del documental. Robinson se puso de pie y, sin decir nada, caminó hacia la pieza del Apolo con él siguiéndolo detrás. ¿Tú crees que me preguntó si podía mostrárselo? Nada, nada de nada, le importó un bledo, estaba como hipnotizado por el huevón. Después de todo, yo era el  que le hacía la ropa y él el de las ideas. No tenía pito que tocar ahí.

Yo en general soy súper perceptivo, te lo prometo, entonces me di cuenta que después del almuerzo en el que conocimos a Robinson algo iba a pasar en la vida de Apolo. Tenía razón, mucha, porque dejamos de vernos dos semanas y de repente se aparece en mi puerta, 30 kilos menos por lo bajo, te juro, escandalosamente flaco considerando que hasta hace unos días era un gordo, obeso te diría. Le pregunté aterrado qué pasaba, si estaba bien, si necesitaba ayuda y me dijo que se había vuelto vegano y que por eso había bajado tanto de peso. En verdad no le creí mucho, pero me miró con cara de que mejor no insistiera, la misma cara que ponía antes de hacer una pataleta o berrinche si no le dábamos en el gusto. Pero esa no era la única sorpresa que me tenía preparada: el documental de Abigaíl estaba listo y editado y, con ayuda de Robinson y algunos de sus contactos, lo iban a estrenar al año siguiente en la primera edición de un festival que estaban preparando, el Valdivia Cine&Video, que ahora es el Festival de Cine de Valdivia. El nombre: “Virgen (post) Dictadura”. ¡Ni siquiera me había consultado! Me dijo que no me preocupara, que en los créditos yo iba a aparecer como Director de Arte. Pensé “¿Qué mierda es eso? ¿Un premio de consuelo?”, pero hasta ahí quedó la discusión. No iba a insistir más, además la idea de grabar al travesti había sido de él, no mía. Perdona que se me escapen estos lagrimones, pero es que es demasiado difícil, te lo prometo. Acordarme de los momentos en los que se quebró nuestro lazo. No éramos más adolescentes. ¿Tienes otro cigarro? Te lo agradecería demasiado.

Mira, desde ese momento nos distanciamos. De hecho, estuvimos varios meses sin hablarnos hasta que pasó la catástrofe tremenda y horrorosa. Desapareció la Zafiro, se la tragó la tierra a la pobre y nadie supo más de su paradero. Lo peor de todo es que fue a sólo una semana del estreno del famoso documental en el festival. Me encerré a llorar días enteros mientras todos los noticiario y la prensa comentaban la desaparición de la hermanita del Apolo. Nadie más supo de ella: que se cayó al Mapocho, que la vieron caminando desnuda en el Cajón del Maipo, incluso una vidente salió hablando en la tele asegurando haberla visto en uno de sus sueños encerrada en una máquina de metal dentro de un sótano con unos cables en la cabeza. Mientras se hablaba de secuestro, red de pedofilia, trata de blancas y cuantas otras cosas atroces, Robinson se llevaba a la señora Zoila y al Apolo a su parcela de Chicureo sin avisarle a nadie. Un día me levanté y se habían ido, dejaron todo su pasado abandonado. No se llevaron nada y obvio que todos los drogos de la villa saquearon la casa en tres tiempos.

¿Que cómo se lo tomaron? Ni idea, les perdí el rastro a los tres y ni siquiera recibí  una invitación del Apo para ir al estreno del documental. Fue una sensación confusa, frustrante, el no entender absolutamente nada de lo que está sucediendo con alguien a quien de verdad quieres mucho. Eso es duro. Lo peor de todo es que después del estreno del documental, a todos se les olvidó la desaparición y de lo único que se habló por semanas fue de la Abigaíl, escándalo nacional. Titulares en los diarios, imagínate que un mariconcito se había atrevido a insultar a Pinocho. Quedó la grande y parece que Robinson prefirió llevarse a su nueva familia fuera de Chile hasta que parara el drama. Ah, y por supuesto, el documental se llevó el Premio Especial del Jurado y hasta en algunos medios internacionales se habló de la famosa producción. Igual hay que pensar que fue una propuesta muy irreverente para la época.

Si me preguntas a mí, de todo corazón, estoy feliz de haber participado en “Virgen (post) Dictadura” y lo volvería a hacer 10 mil veces más si fuera necesario, te lo juro. Obvio, porque marcó un precedente en la historia del cine chileno y es un documental que se atrevió a ir más allá, se convirtió en una producción de culto. Además me ayudó a mostrar mi trabajo como diseñador. ¿O tú crees que el talento viene cuando compras un título universitario? No pues, las cosas no funcionan así en la vida real, lo que pasa es que en este país culiado nos dijeron que los triunfos se ganaban con plata y estudio, pero eso es una gran mentira. Si estoy donde estoy, es por mi talento, que se sepa, que el mundo lo sepa. Agradezco mucho al Apo por considerarme en sus producciones, pero esto, lo que soy yo, es porque me creo el cuento, porque soy bueno. El vestuario del documental, qué te puedo decir, iconoclasta.

No, si yo entiendo que esto que estás haciendo es sobre él, pero por supuesto que también soy una parte no menos importante de su historia, por eso lo menciono, ¿me entiendes? Porque sus películas y producciones tenían un carácter especial, como una estética que se quedaba para siempre en la mente de las personas, se grababa en la retina, y mucho de eso viene también de mi trabajo. Pero sí, sí, volviendo al tema, a partir de ese momento, después del triunfo del documental, iniciamos una nueva fase de nuestra relación que se centraba más en nuestros propios intereses. Él, a seis meses del estreno, ya estaba trabajando en el guión de “Muchachitas de los 80”, su primer largometraje, y necesitaba que lo ayudara con el tema del vestuario y la dirección de arte en general. Lo verdad es que yo estaba sentido por todo lo que había pasado, un poquito enojado, pero trabajar en su película era una gran oportunidad para los dos y sólo por eso accedí. Cuando regresó a Chile, su personalidad estaba en otra fase, o sea, me di cuenta demasiado y fue heavy. Después de todos los meses que había estado fuera del país, quedamos en juntarnos en el estreno de su documental en la Blondie, donde además la Abigaíl –que ya era toda una celebridad underground santiaguina- iba a hacer un show “único e inolvidable” en la fiesta. Llegué acompañado por un par de amigos de la productora en la que había empezado a trabajar y de repente apareció Apolo vestido con un terno blanco como de seda y con una corona de cristal o un tocado en la cabeza, no sé qué era esa huevada, algo demasiado gay-new age que encontré ya como una medida desesperada por llamar la atención. Venía acompañado por el Robinson, también de terno blanco, y ahora se cubría los ojos con unos lentes de sol a lo Warhol. Me acuerdo que lo primero que pensé fue “¿Quiénes se creen estos huevones que son?”, porque en serio, era una ridiculez que no tenía sentido, pero que por alguna razón les funcionaba. Todos en la disco los miraban, imagínate eso, paralizados por la aparición de Apo y el extraterrestre. Nada de darnos la mano ni abrazo ni menos un beso en la mejilla como lo hacíamos antes. Saludaron con un “hola” seco, se sentaron en nuestra mesa, pidieron dos botellas de agua mineral y Apo empezó a hablarme. Mientras lo hacía, me fijé en su nariz recién limada, tan perfecta y pequeña que cambiaba todas sus facciones. Una cuestión rarísima verlo tan distinto. Además, tenía los labios mucho más gruesos y usaba una barba frondosa, pero en todo caso limpia y ordenada. Decirte que no se veía guapo sería ser envidioso, porque de verdad se veía súper bien, a pesar de la facha excéntrica que andaba trayendo. También me pareció que su forma de hablar había cambiado: ya no se atropellaba, cada palabra salía muy pausada, en sonidos redonditos, medios robóticos. Ahí fue cuando me habló de “Muchachitas de los 80”, su nuevo proyecto que contaba con el auspicio de tres organizaciones, y que seguiría las aventuras de un grupo de chiquillas que escapan de un internado para matar a un ex agente de la DINA que asesinó a la madre de una de ellas. Apo quería que fuera parte de su proyecto, me dijo que necesitaba mi toque en esta nueva creación. Me gustó la idea, así que acepté y por un segundo pude verlo sonreír, vi el brillo de sus ojos que al tiro desapareció. Por dentro moría de ganas de pedirle que se fuera conmigo a casa, que hiciéramos otro show bailando Depeche Mode, que llorará por lo de la Zafiro si tenía ganas y que me contara todo lo que había pasado en esos meses en su vida tan efervescente. Pero no fui capaz, mucho menos después de verlo partir, tan serio y sobrado, hasta perderse con el Robinson en la pista de baile.

La película fue un éxito, y eso que no la pasaron en todas las salas, en parte por la censura que aún existía y por algunas influencias que lograron lo suyo. Pero llegó a algunos cines y curiosamente la editaron en video en Buenos Aires, así que también estuvo en algunos videoclubes de Chile. Todos querían verla…

Lo sé, sé que quieren ir a ese tema, pero preferiría que investiguen bien antes de que se hable, porque hacerle más daño al pobre Apo ahora que está enfermo… ¿Para qué seguir?... Está bien, voy a contarles, pero siempre y cuando incluyan en el reportaje las dos caras de la moneda, sean éticos pues, chiquillos, porque o sino me dejan mal a mí y  lo único que he hecho toda la vida es apoyar a Apolo, quererlo con el corazón. Déjame tomarme un traguito de esto que tengo aquí mira que hablar a mí todavía me perturba demasiado, te lo juro por Dios.

Lo que pasa es que durante el rodaje de la película, tiene que haber sido como en junio del 96, desapareció un niño, el hijo de uno de los cámara, y bueno, en el equipo se empezaron a hablar cosas. Cosas como no sé pues, que Robinson y Apo tenían “malas costumbres”, por así decirlo. ¿Puedes no obligarme a decir la palabra, por favor? Si saben de lo que estoy hablando, no me hagas verbalizarlo entonces, la gente en sus casas va a saber de lo que estoy hablando, ¡es demasiado obvio! Pero nadie puede decir nada, nadie puede culparlos ni señalarlos con el dedo, porque los investigaron completos, fue un show todo lo de la desaparición, hasta les allanaron la casa en Chicureo, una cosa invasiva tremenda, para el olvido. Ni una sola prueba, nada que los culpara, y aún así se ensució el proceso de producción de “Muchachitas de los 80”. Lo gracioso fue que con lo que pasó, la película era así como un imperdible para todos los jóvenes de la época. Todos, y cuando te digo todos es absolutamente todos, querían verla. Se convirtió en, por así decirlo, la primera película maldita chilena y empezó a piratearse en todas las regiones del país. Podías encontrarla en ferias libres, persas e incluso la pasaban en algunos ciclos de cine underground. Fue como lo que pasó con El Exorcista, Poltergeist o no sé, El Mago de Oz, todas películas marcadas por la tragedia, y que por eso tuvieron un mayor valor para el público. Es que a la gente le encanta la tragedia ajena. Somos bien malditos los seres humanos.

A pesar de que se aclaró el asunto de los niños perdidos (en el sentido de que no existieron pruebas que los culparan) Apolo comenzó a vivir una vida en la sombra. Dejó de salir a la calle, de ir a estrenos y a las fiestas que tanto le gustaban y se enclaustró en la parcela junto a su madre y el Robinson. Creo que tenía miedo del acoso de la gente y de la prensa, jamás lo dejaban en paz. Fue por eso que nunca pudimos verlo en algún estelar jugando con la Bolocco o riéndose con Camiroaga. Lo invitaron muchísimas veces, pero él sólo decidió desaparecer, hacerse humo. Pasaron unos años sin tener noticias de su existencia, un par de revistas publicaron artículos sobre su vida, estaba naciendo la farándula en Chile con programas como el SQP, fue todo muy rápido. Los periodistas, o como sea que pueda llamárseles a esos seres despreciables, se metieron en la parcela a paparazzearlo, a tomarle fotos sin su consentimiento. Hicieron un par de capturas donde aparecía él sentado entre otras quince personas, guatón a morir, vestido de blanco y, cómo explicarlo… Era como un zombie, tenía la mirada perdida, los ojos blancos, no sé, terrible la foto. Lo peor que pudieron hacerle. ¿Se dan cuenta por qué rechazo tanto este tipo de entrevistas? Para empeorar la situación, en la fotografía podían verse unos vasos al lado de cada uno de los integrantes del círculo. Se habló de drogas alucinógenas, ayahuasca y peyote, sólo por darte ejemplos… Se dijo de todo, pero yo me negaba a creer.

Por el año 2002, cuando yo trabajaba para la nueva teleserie de 7Mundo (que fue un fiasco total, hay que decirlo) recibí una llamada urgente desde Miami. Era él, había partido a fines del año anterior para empezar un nuevo proyecto y olvidarse un rato del tema de las fotos. Su voz sonaba alegre mientras me contaba que estaba con Robinson en el departamento de la playa trabajando a full en el nuevo guión y que me necesitaba otra vez. Como nunca antes, me atreví a preguntarle por su mamá, por sus sentimientos, quería saber por qué no se alejaba de una vez por todas del Robinson, pero él sólo cambió el tema como si nada. Quiero muchas luces de neón, rincones del norte de Chile, un laberinto de luces de neón en medio del Desierto de Atacama, sin efectos especiales ni escenarios pintados, quiero todo real, en tamaño real, eso necesito de ti ahora, ¿puedes hacerlo? No pude decirle que no, no fui capaz.

El rodaje comenzó a comienzos del invierno, con unos fríos que ni te explico, era como para querer morirse. Éramos un equipo de no más de 40 personas, incluyendo a los actores, entre ellos la Marianne Dalbosco, la actriz de moda y una insufrible total. Ella sería la protagonista de la nueva cinta del Apo, “Luciérnagas en el Desierto” y daría vida a Alondra, una joven sureña que llega al desierto a buscar los restos de su madre, una detenida desaparecida. Allí, durante su búsqueda, conoce algo, una mancha o figura extraña que le habla durante las noches y la convence de sumergirse en un lago oculto y fluorescente que la hace alucinar cuanta huevada te imagines, hasta que en medio de su viaje alucinógeno se encuentra con su mamá. Algo así es, o quizás la entendí mal. Es que tienes que verla mejor pues.

Nos tuvimos que quedar en el único hotel del pueblo que tenía capacidad para el equipo completo, un lugarsucho de lo peor. Se sentía una energía rara, como una incomodidad o miedo que nos acompañó la semana completa, más aún cuando podíamos ver al Robinson paseándose por los pasillos. Más encima, figúrame a mí en medio del desierto, grados bajo cero pues, no es cualquier cosa, instalando la tontera de luces de neón por la que se iba a pasear la otra tonta huevona que no paraba de quejarse mientras el Apo y Robinson tomaban baños termales. Fue duro, pero lo logré y cobré lo que se me ocurrió. Mínimo después de tanto mal rato. En fin, resultó el tema de la película, todos felices a un día de volver a Santiago y pasa de nuevo, se pierde un niño en medio de la madrugada. Ahora era el hijo de seis años de la administradora del hotel. De una pusieron la denuncia por presunta desgracia y media hora después teníamos a cientos de equipos de búsqueda metidos hasta en la raja. De nada sirvió que viajáramos en secreto ni la discreción y hermetismo de todo el proceso de rodaje. Otro escándalo saldría a la luz y ensuciaría aún más la imagen de Apolo. Buscaron por todas partes, pero hasta ahora, a 14 años, no han encontrado ni un solo rastro.

Fue portada de todos los diarios. Los más malintencionados pusieron “Apolo Pérez” y “desaparecido” en el mismo titular. Podía imaginar cómo esta vez sí se derrumbaba su carrera como cineasta y, de paso, la mía en la televisión. Se trataba del tercer niño que desaparecía durante el rodaje de una película de Apolo Pérez y nadie tendría compasión ahora. Otra vez los ojos estaban puestos sobre el Apo y él respondía como mejor sabía hacerlo: desapareciendo por mucho tiempo.

¿Dónde estuvo hasta el 2005? Ni me preguntes, porque no tengo la más puta idea. Lo único que sé, y que sabemos, es que la película llegó a casi todos los cines del país y fue un éxito de taquilla. La crítica especializada la destruyó, claro que sí. Dijeron que era lejos la obra más vacua, plúmbea y pretenciosa de su carrera, aunque rescataron y destacaron el arte de la película, lo que fue maravilloso. Decían que tenía una atmósfera tecno-ochentera-claustrofóbica que resultaba realmente fascinante para el espectador. Como sea, con o sin buenas opiniones, lugar al que ibas te encontrabas con gente comentando “Luciérnagas en el Desierto”, incluso a señoras que tiraban más para abuelas, que nunca antes habían logrado enganchar con las propuestas del Apo. El país entero quería saber sobre los niños desaparecidos en las películas malditas de este gallo. Me atrevería a decir que con su tercera película terminó de consagrarse como uno de los directores chilenos de culto.

¿Tú no tomas? Es que no sé cómo puedes trabajar tantas horas sin tomarte un trago de algo para amenizar la pega. No sé, no podría, lo encontraría todo una soberana lata, te lo prometo. Permiso, apaga la camarita eso sí.

Sí, también me tengo que ir, llevamos mucho rato con la entrevista-documental-reportaje o no sé qué cosa y me quiero ir. Pero qué más quieren saber. ¿Si hablé con él antes de que lo internaran? Pues mira, la verdad es que una vez nos vimos, pero me da no sé qué contarte más detalles de este asunto. Bueno, ya, pero con esto cerramos y espero minimo que me envíen su huevadita antes de transmitirla, aunque sea por favor a la decencia. El miedo a que estos huevones te saquen de contexto es una cuestión horrenda.

Creo que el próximo año iba a comenzar el rodaje de “Síndrome de Estocolmo”. Algo así me dijo por teléfono antes de aparecerse por mi casa en marzo pasado. Me contó un par de cosas más, pero no lograba entender mucho de lo que decía, apenas modulaba. Dos días después llegó, por primera vez sin el freak del Robinson. Venía vomitado entero, oliendo a mierda mal, un desagrado. Lloraba y lloraba, así que le permití pasar y le puse un trozo de nailon en el sillón para que no ensuciara, porque, o sea, de verdad hediondo el pobre, como si hubiese estado meses durmiendo en la calle. Hablaba cosas sin sentido, algo de la suerte de los niños, que estaba dentro del cerebro de los niños, una huevada estúpida que daba susto y que no logré entender para nada. Como te digo, yo me asusté y le pedí por favor que se fuera, que volviera a su parcela a trabajar en la película nueva, que al menos yo no iba a participar más en sus proyectos. Ahí fue cuando empezó una escena del terror: gritaba que Robinson era malo, que todo era culpa de él, que los niños iban a morir  si no lo ayudaba, y sus ojos desorbitados, como en un mal viaje de LSD o la droga que sea que haya estado tomando. Mal, mal todo, tuve que llamar al conserje, pedirle que llamara Carabineros. ¿Qué esperabas que hiciera? No quería meterme en dramas legales. No me mires con esa cara, quizás qué cosas iba a pensar la gente. Oye, ¿pero cómo se te ocurre grabarme ahora?.-


No comments: